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domingo, 11 de abril de 2010

245- Palermo "Soho"

“…Prendieron unos ranchos trémulos en la costa,
durmieron extrañados. Dicen que en el Riachuelo,
pero son embelecos fraguados en la Boca.
Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.

Una manzana entera pero en mitá del campo
expuesta a las auroras y lluvias y suestadas.
La manzana pareja que persiste en mi barrio:
Guatemala, Serrano, Paraguay y Gurruchaga…”

*Jorge Luis Borges- “Fundación Mítica de Buenos Aires”


El cielo, endomingado de sol y azul, vuelca, sobre las sombrillas rojas de las confiterías frente a la Placita Serrano, una luz de otoño casi tan rabiosa como la del verano que despedimos hace poco. Pero a Jorge, mi marido, no le gusta sentarse a la intemperie. Almorzamos tras los vidrios de un local posmodernista con la decoración en bancarrota y del otro lado se suceden personas y personajes variopintos. Mercaderes que comienzan a ordenar sus puestos callejeros, parejas jóvenes tomadas de la mano, un dúo de metaleros vestidos en el mismo tono de la piel del vendedor africano. El mismo que intenta, sin resultado, que el turista rubio y de aire opulento le compre esa pulsera cuyas piedras hacen juego exacto con sus ojos -los del turista, por supuesto-. Allá , a lo lejos, un sinfín de niños reptando, subiendo y bajando por los distintos juegos de la plaza bajo la indiferente mirada de sus padres.

Salimos. Detrás de los chiquilines y de la feria, con sus toldos blancos, una galería de arte a cielo abierto. Los artistas solamente muestran sus trabajos, la mayoría originales y personalísimos. No los imponen, no tratan de venderlos. Pareciera que están ahí por el digno placer de que alguien reconozca que son buenos. Y, de verdad lo son. Hay una pintora pelirroja, que habla de inmigrantes en sus telas sembradas de colores, un grabador barbudo, que se empecina en mostrar miserias blanquinegras y un colombiano bajito y calvo, que nos regala la vista con trabajos hechos a punta de bolígrafo. Nadie ofrece “tango y mate”, como sucede en otros rincones de este Buenos Aires 2010. Nadie intenta forzar situación alguna. Si el paseante se detiene para elogiar un cuadro, el autor se acerca y disfruta, simplemente, de los ojos embelesados del eventual admirador para luego hacer mutis por el foro -perdón, por el caballete-.

Las casas que rodean la plazoleta no muestran más de un piso o dos. Todo tiene un aire bohemio, simple, que de tan simple y tan bohemio se convierte en sofisticado. Es que estamos en Palermo “Soho”, una zona de la ciudad relativamente nueva, en la que abundan la ropa y los muebles de diseño y de buen gusto. ¡Palermo “Soho“! Pretenciosos los porteños para bautizar…¿Verdad? Tanto como para darnos el lujo de aplicar a este trocito de ciudad el mismo nombre que se aplica en Londres o en Nueva York a centros comerciales importantísimos. Pretenciosos y plagados de caprichos. Porque, sepan, amigos, que, increíblemente, la que se conoce como “Placita Serrano” , en la intersección de las calles Serrano y Honduras, es, desde 1994, la Plazoleta Julio Cortázar. Hermoso y olvidado homenaje a uno de nuestros escritores más conocidos. Y ahí no terminamos con las ostentaciones porque para completar el alarde, la calle Honduras cambia de nombre luego de la plaza para convertirse en Jorge Luis Borges. Es como si hubiéramos querido decirle al visitante: ¿Querías escritores argentinos? ¡Pues nos damos el lujo de intersecarlos convertidos en espacio urbano!


Aunque, pensándolo bien, lo de Borges es un justo homenaje en su barrio, ya que el escritor supo habitar Palermo cuando de “Soho” no tenía nada y sí mucho de malevos y entreveros, de taitas y matones y de poetas populares de la talla de Evaristo Carriego, por ejemplo. Fue precisamente en ese barrio, en la casa de la calle Serrano 2135, donde el autor, contradictorio como su ciudad, ya que descansa en Suiza, imaginó su “Fundación Mítica de Buenos Aires”.

Caminamos por Borges, precisamente, en dirección a Santa Fe. De compadritos: nada. Todas las casas tienen vida nueva hecha de colores fuertes y arquitecturas actuales sobre estructuras de mediados del siglo XX perfumadas de madreselvas y jazmines, como si quisieran honrar los tiempos en que “los muchachos no usaban gomina“.

Contemplo el empedrado, los muros y las rejas de este arrabal devenido en “Soho” y bendigo mil veces a esta ciudad que tanto amo, mientras Jorge sonríe al escucharme, soñadora, robándole palabras al viejo poeta habitante de este barrio:

*“A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:
La juzgo tan eterna como el agua y como el aire.”

Cati Cobas

sábado, 20 de febrero de 2010

242- A Mar del Plata

o “Por las narices, a Sebastià…” ( “Donant p’es morros en En Tià”)

"Qué lindo es estar en Mar del Plata
en alpargatas, en alpargatas
felices y bailando en una pata,
en Mar del Plata soy feliz…

Haciendo dedo voy con poca plata
a Mar del Plata, a Mar del Plata
me paso el día entero haciendo fiaca (pereza)
en Mar del Plata soy feliz…

En Mar del Plata no tengo problemas
si no hay más camas me acuesto en la arena
no uso saco (chaqueta), no uso corbata
en Mar del Plata soy feliz.”

Letra y Música: Juan Marcelo

Mi primo Sebastià sostiene con vehemencia que Mallorca es todo un continente. Y fiel a ese concepto me regaló una ximbomba, en cuya decoración, Sudamérica y la isla ocupan la misma superficie. En su momento tomé este detalle con humor y cuando pude hollar las arenas de las playas mallorquinas comprendí el motivo de tanto amor al terruño del que también provienen mis raíces: Mallorca es una isla maravillosa, no cabe duda.

Pero…he nacido en Argentina. Y la amo entrañablemente. Y estoy orgullosa de ella. Razón por la cual me he propuesto “dar por las narices” a Sebastià y demostrar con la pluma y la palabra que aquí también tenemos playas maravillosas, aunque eso sí, con un viento que hace que debamos vivir en carpas para gozar de las delicias marinas sin el ulular pampeano y con un agua fría de toda frialdad, pero nuestra, mientras los ingleses no digan lo contrario… Por eso he decidido que en esta crónica contaré, como dijo el músico Juan Marcelo (al que seguramente no le darán el Nóbel de Literatura), “qué lindo que es estar en Mar del Plata…”

Mar del Plata, cabecera del partido de General Pueyrredón, la urbe turística más importante de Argentina tras Buenos Aires, con una de las infraestructuras hoteleras más amplias del país. centro balneario y puerto ubicado en la costa del mar Argentino, sobre el Atlántico, en el sudeste de la Provincia de Buenos Aires, a 404 km al sureste de la Ciudad de Buenos Aires y cuya fecha original de fundación es el 10 de febrero de 1874, es, a no dudarlo, un lugar donde la mayoría de los argentinos, sin distinción de clases sociales, nos sentimos “la mar” de felices.

Es que uno llega, y ya en el aire siente que es verdad el apelativo cursi que le endilgaron hace años: “La ciudad feliz”. Lo reciben los primeros techos rojos de la Avenida Constitución, y uno se peina el cansancio de cinco horas y media de ruta dos a pampa y cielo, y comienza a regodearse con los frentes de piedra caliza de los chalets y los pequeños jardines con hortensias en flor mientras el corazón se ensancha de alegría con la promesa de la despreocupación que Mar del Plata implica. Papá decía que esto se debía a que en ella existe el permiso de no hacer nada y que eso no tenía precio, porque “nada” es lo mismo que los miles de veraneantes que la visitan hacen simultáneamente con uno.

Bueno, yo no diría que uno no hace “nada” en “La Perla del Atlántico” (esto para que Sebastià sepa que no solamente a Mallorca le dicen cosas lindas como “La isla de la calma” o “La que no conoce el invierno”, qué tanto…). Uno, además de sumergirse en las aguas procelosas del Atántico, ya en La Perla, ya en la Bristol, Las Toscas o Varesse, Punta Mogotes o en el balneario de Ricky Fort, más allá del horizonte, camina…¡y vaya si camina! Porque en Mar del Plata uno no se cansa ¿vio? Y si se cansa, se toma un “cortado en jarrito” (café expresso con apenas de leche en una tacita mediana) con dos medialunas (croissant) en “la Boston” (una tradicional confitería de Mar del Plata decorada a la inglesa, con las mejores medialunas del país), y se le esfuma el agotamiento como por encanto. ¿A que sí?


Los pies se van solitos para la Calle San Martín, tan llena de “humanidad popular” que asusta un poco, pero cómo va a perderse uno la vueltita por la Galería Sacoa, la fuente de la plaza, con sus muñecos y fotógrafos, la diagonal de los artesanos, perfumada de tilos, el Shopping Los Gallegos, igual a todos los del mundo pero imposible de ignorar si uno está recorriendo la ciudad.

Y otro día, uno la emprende por la calle Güemes y su charme, y disfruta de las casonas de los tiempos en que Mar del Plata era para la clase alta, hecha a puro pasto y vaca. Y mira las vidrieras lujosas y sueña con que todo está allí, al alcance de la mano, como el pochoclo que el pochoclero (el vendedor ambulante de palomitas de maíz, para nosotros, pochoclo), en su carrito coronado con espuma de azúcar rosada y pegajosa, nos brinda apenas lo pedimos.


Después, de regreso de Varesse, camina por la costa rocosa mientras la silueta del Torreón del Monje se agranda y pone marco a los chiringuitos de los artesanos, y sabe que trasponiendo el puente más allá del Torreón aparecerá ante sus ojos la playa Bristol en pleno, con el Casino y el Hotel Provincial como eje, ostentando la plenitud de un tiempo en que podía contratarse a un arquitecto como Alejandro Bustillo para crear un espacio verdaderamente único en el mundo.


Uno “sabe” Mar del Plata, no necesita estar en cada sitio, ya de lejos “lo sabe”, forma parte de su patrimonio y de su historia. No hace falta estar en la explanada frente a los lobos marinos, ni metido en el espigón del muelle de pescadores. Uno los conoce desde lejos y puede volver ahí con el ensueño. Mar del Plata está enquistada en el alma de sus habitués para siempre, con la seguridad del primer amor, con la certeza de la infancia, con el placer de un alfajor Havanna o un cubanito (barquillo relleno con dulce de leche) envuelto en celofán, con la simpleza de un matecito bien cebado.

Y si uno quiere lujos, no tiene más que virar hacia Playa Grande, al Barrio Los Troncos con sus mansiones, al Golf o a la calle Alem, y encontrará a la flor y nata de la sociedad argentina que, por lo menos este año, dadas las condiciones cambiarias, ha decidido que esta ciudad no tiene tanto que envidiarle a Punta del Este, qué caramba…

En cuanto a cultura, decenas de exposiciones y conciertos a diario, así como museos de lo más variados, desde el “Del Mar”, con su colección de caracoles mágicos hasta la Villa Victoria, con su chalet prefabricado en Europa y trasladado a estas llanuras para regocijo de Victoria Ocampo, nuestra prestigiosa literata o el Castagnino, emplazado en la Villa Ortiz Basualdo, que nos permite evocar esa Mar del Plata de fines del siglo XIX y comienzos del XX que no tuvimos la posibilidad de transitar. (¿O qué pensaban, eh?)


Como cierre, debo decirles que la ciudad tiene también algún rincón para la aventura y la vida un tanto más…¿escabrosa? En nuestro último fin de semana quisimos comer mariscos bien preparados y nuestra amiga Alicia, otra enamorada del lugar, nos recomendó el restaurante “La Marina”, en pleno puerto. El pulpo a la gallega estuvo super rico pero cuál no sería nuestra sorpresa al advertir que estábamos frente al cabaret de… Pepita, “La Pistolera”, famosa por sus “chicas” y sus contactos “non sanctos” con el mundo del arrabal portuario. Pero ni eso nos hizo perder la alegría, sépanlo porque el pulpo sabrosísimo y en su justo precio superó ampliamente los posibles peligros de un encuentro con “la pistolera” y sus muchachos…

Por todo esto y mucho más, le digo a mi primo Sebastià que reconozco y admiro las bellezas de Mallorca pero quiero que sepa que si algún día se decide a salir de aquel continente para venir a visitar a su primita, una vuelta por Mar del Plata lo va a hacer tan dichoso como ni siquiera puede imaginarse…

Cati Cobas


sábado, 7 de noviembre de 2009

234-Un “Complejo” sin complejos (el Paseo La Plaza, en Buenos Aires)


Aquél que camine por la Avenida Corrientes y no sea un porteño consumado, tendrá un poco de dificultad para imaginar el paraíso que se esconde tras el portal simple de ladrillo visto.

El Paseo, el “Complejo Cultural” La Plaza es como una de esas mujeres que muestra una apariencia tranquila y hasta modesta pero que cuando uno se permite conocerla, guarda en su esencia riquezas inesperadas y una elegancia que ni siquiera se puede presumir observándola por fuera.

Quien se adentre en sus recovecos, quien se anime a transitar sus pasajes y a deleitarse en sus rincones, disfrutará de una experiencia absolutamente singular en ésta, mi ciudad, en esta Buenos Aires de contrastes.
Ocupando los terrenos de un antiguo y tradicional mercado, los miembros del Estudio Arq. Héctor del Valle y Asociados, sus diseñadores, tuvieron hace alrededor de veinte años (el 28 de septiembre de 1989), la osadía de llenar de árboles y pájaros, acompañados de la calidez del rosa de los muros y el brillo de pisos de adoquines, el corazón de una manzana que, por fuera, es una de las tantas de esta zona llena de teatros y librerías. El corazón de una manzana que seguramente debía tener complejo de aburrida, de lugar irredimible, de anodino y gris espacio entre paredes y ,sin embargo, ha sido convertido por obra y gracia del genio creador de los humanos en un sitio digno de cualquier ciudad que se precie de importante.

¡Vengan, lectores, conmigo! ¡Disfruten de rampas y desniveles flanqueados por ficus inmensos y jacarandáes en flor en este noviembre que, para mí, es el mejor mes para visitarnos! ¡Asistan, por fin, al increíble movimiento cultural que se gesta entre las paredes de este complejo teatral único y distinto!
Picasso y Neruda, Alfonsina Storni, Julio Cortázar y Pablo Casals son honrados en las salas principales. Salas, espacios culturales, que pueden albergar desde veinte a mil doscientas personas y están equipadas con lo que la modernidad requiere para que en ellas se realicen congresos, conferencias, espectáculos mientras que el exterior hace que cuando a él salga el participante de los eventos, pueda disfrutar de rincones deliciosos. Aquí, una fuente; más allá, una confitería con forma de anfiteatro y por todo, mesas y más mesas que invitan al café bajo el solcito más cálido o la sombra más reconfortante, según cuadre. Y si el bolsillo está vacío, un banco gratuito los estará esperando para celebrar la gente que va y viene bajo el verde de la vegetación frondosa a la que el visitante asombrado contempla pensado que siempre estuvo ahí y sin embargo, es producto de la mente preclara de un colega mío, nada más y nada menos. Se calcula que cada mes desfilan por aquí la friolera de quinientas mil personas. Si vienen a visitarnos, no dejen, por favor, de integrar una parte de esa cifra. Sé que van a agradecérmelo.

¿Quieren ustedes llevar por souvenir alguna alhaja?…Las más modernas encontrarán con solo caminar unos pocos pasos. ¿Discos o libros?…A sus órdenes. Y los mejores espectáculos teatrales y de stand up, esa forma de teatro de estos tiempos, en que los monologuistas hacen las delicias de los espectadores.

Y ahora, ahora compartiré con ustedes mi secreto.
En esos días en que nada parece componerse, en que todo se siente fuera de control y la vida parece tan tan triste, una de mis mejores formas de animarme es dar una vueltita por “La Plaza“. A veces, la excusa es un trámite en alguna oficina ahí cerquita. Otras, simplemente, “que pasaba por ahí y entonces…”. Pero luego de taconear un poco las entrañas de este pequeño Edén porteño vuelvo a casa con el ánimo recuperado y la vida, la vida parece nuevamente más hermosa.

Cati Cobas