domingo, 4 de agosto de 2019

328) Sabor a poco y algo mágico, en Alemania “Ich spreche ein wenig Deutsch” (hablo un poquito de Alemán) El regalo- Caticrónicas de viaje



Mis amigos me han escuchado hasta el hartazgo. Este viaje tuvo, como común denominador, la fórmula “subanaprietenempujenestrujenbajen”, pero no había otra forma de realizarlo. 

Con este sistema se obtiene una mirada a vuelo de pájaro. Sensaciones, ramalazos de vida, paisajes que desaparecen demasiado rápido. Pero también la alegría de “haber estado”, que no es poco.

Colonia, Frankfurt, Erfurt y Dresde recibieron nuestros pasos asombrados durante dos veloces días. Los ríos Rin, Meno, Gera y Elba, sus puentes, sus hermosos paseos costaneros, nos ofrecieron paisajes y terrazas para quedarse, para beber una cerveza a nuestra salud en forma más pausada. Solo en Dresde, Laura, Eduardo y yo disfrutamos de un almuerzo acariciado por el sol y saboreado a pleno, en desmedro del museo de la porcelana que, estoy segura, valía la pena. Pero ese día necesitábamos el regalo de sentarnos a vivir, aunque fuera un ratito, una terraza junto al río. Y así lo hicimos. Sabiendo que la vida está hecha de elecciones y renuncias.

La ciudad de Colonia, con su imponente catedral gótica, no destruida por las guerras, nos maravilló por su imponente concepción, por su magnificencia, casi tanto como con sus fuentes. Dicen que Colonia (o Köln) es la ciudad de las fuentes. Muy cerca de la catedral nos topamos con cuatro, todas de diferente estilo y una más hermosa que la otra. Desde una modernísima, en la que se podía saltar de piedra en piedra, hasta otra, dedicada a los duendes de la ciudad. Los Heinzelmännchen son los cuentos sobre los duendecillos del hogar de la ciudad de Colonia. Y a ellos refiere esta fuente.

Además de ríos, puentes y catedrales, hubo una constante que nos acompañó en todas las visitas. Nada más y nada menos que los muros entramados en madera en las viviendas y otros edificios. Construidos con un armazón de madera, en el que se ha empleado el ladrillo como material de relleno de los intersticios entre los diferentes miembros, fue empleado en la edificación de los siglos XVI y XVII y se mantienen vigentes como un sello indiscutible de muchas regiones europeas, con variantes según la zona pero como una constante cálida en el paisaje que adquiere, gracias a ellos, una escala tan humana y romántica que es difícil imitar.

Y hablando de romanticismo: un párrafo especial para el paseo por el Rin. Mi corazón y mi espíritu volaban imaginando vidas en las aldeas y castillos. Escudriñando los viñedos en las laderas. Gozando de los infinitos verdes y de los techos inclinados. Sobrevolando los remates casi acebollados de las pintorescas torres, en la enorme cantidad de iglesias que brotan en cada pequeña ciudad ribereña.

Por todo esto sostengo el título de esta crónica.   Me quedé con ganas de mucho más. Más tiempo, más recorridos, más permanecer en cada sitio. Y agradezco el impulso que me llevó, en su momento, a realizar mis pininos con el idioma alemán en el Goethe Institut, aquí en Buenos Aires. Fue muy gratificante intentar comunicarme con los germanos en su idioma y recibir, como devolución, las mejores explicaciones y una clara señal de reconocimiento y simpatía por el intento. Una recuerda todo lo trágico que ha sucedido en esa tierra  y se conduele, pero su gente resulta amable y, hasta, diría, más cálida y gentil que la de otros países visitados.

Berlín fue otra gran sorpresa. No sé si la guía boliviana, por demás generosa de sus conocimientos, influyó en la visión que tuvimos de esta ciudad, pero tanto de noche como de día resultó muy pero muy interesante todo lo visto y lo vivido.

La luna llena acompañó nuestra primera noche berlinesa. Y bañó los bloques del  Monumento memorial a los judíos asesinados en Europa. Diecinueve mil metros cuadrados y dos mil setecientos bloques que recorrimos abrumados. Dicen que no hay mucha explicación de la idea que inspiró a su creador pero, inmersos en el lugar bajo la luz lunar, la sensación de dolor y de pena nos resultó conmovedora.

El consuelo asombrado fue el recorrido por el centro Sony. Un espacio con fines comerciales con un techo tan original y una propuesta tan rica que nos encantó.
¡Y qué decir de las viviendas del barrio judío! Unas, casi destruidas y bohemias. Otras, modernistas, recicladas y recuperadas en espacios interesantes y cálidos, que vale la pena recorrer y admirar.

Por la mañana: los clásicos. Incluido el muro y el Checkpoint Charlie, el más famoso de los pasos fronterizos de Berlín entre 1945 y 1990. Se encontraba en la Friedrichstraße y abría el paso a la zona de control estadounidense con la soviética. Ambos, junto con  la Puerta de Brandemburgo, nos recordaban sufrimientos indecibles, y nos hacían alegrar sabiendo que eran Historia.

Y por la tarde, Potsdam. Sus verdes y sus flores. Sus bellas casas.
Sus refinados parques. Y las residencias reales, que se construyeron principalmente durante el reinado de Federico el Grande. Una de éstas, el Palacio de Sanssouci (en francés: «sin preocupaciones») nos maravilló por sus jardines y sus terrazas con viñedos.

También la Historia, en el Palacio Cecilienhof, cautivó nuestra atención. En él se celebró la Conferencia de Potsdam al terminar la Segunda Guerra Mundial. Podíamos imaginar a los victoriosos líderes aliados Harry S. Truman, Winston Churchill, así como a Stalin, reunidos para decidir el futuro de Alemania y la Europa de posguerra en general.

En síntesis, Alemania superó mis expectativas. Volvería sin duda, si pudiera.

Pero por si no vuelvo dejaré aquí constancia del mágico regalo que me hizo.

Laura, Eduardo y yo habíamos optado por habitaciones individuales. En cada ciudad, el caballero protestaba porque a él le tocaban las peores vistas, los patios oscuros y cerrados mientras que nosotras habitábamos las que tenían buenas vistas y, a veces, más comodidades. Sin duda, los encargados de asignar habitaciones se debían guiar por el hecho de que las damas somos más proclives a protestar y, entonces, a nuestro sufrido compañero de aventuras lo ponían siempre en penitencia.

Pero en Berlín…¡Fue increíble! Laura y Eduardo fueron destinados a un bloque del hotel y yo a otro. Cuando abrí mi ventana, en un piso altísimo, me topé con la torre de la televisión casi casi ahí nomás, al alcance de la mano. Y una vista tan generosa y amplia de la ciudad que me hizo llorar de emoción y agradecimiento.

¿Me creen si les digo que mis noches berlinesas fueron a cortinas abiertas?

¡Bendita vida!

Cati Cobas

domingo, 28 de julio de 2019

327) Holanda y el destape de Joanette de El regalo- Caticrónicas de viaje


Confieso que desde mi tierna juventud tuve un poquito de aprehensión frente al naranja. Quizás sería por aquello de “el que no salta es un holandés” de nuestros mundiales de fútbol. Lo cierto es que la tierra de los polders, los molinos, los tulipanes y las vacas primas de las nuestras, amén de la reina nacida por estos lares, no era, en este viaje, la que más entusiasmo me producía descubrir.

Y digo Holanda. ¡Ya sé! En realidad estaré hablando de los Países Bajos o Neederland, porque nuestro Diccionario Panhispánico de Dudas dice que puede hablarse de Holanda, ya que es la región histórica más influyente o relevante.

Pero el hombre (en este caso la mujer) propone y… Cuando partimos de esta tierra tuve que reconocer que su gente es admirablemente ordenada y trabajadora sea cual fuere el sino que marque su vida. Y que eso se plasma en tierras recuperadas al mar palmo a palmo, en trajes típicos inmaculados, en calles y canales impecables, en arquitectura de avanzada junto a pueblitos de cuentos bordados en encaje y en geranios y en quesos riquísimos que también eso es importante.
Conclusión: para una porteña imperfecta, como yo, los Países Bajos son una tierra digna de imitar pero donde no estoy segura de poder hallarme a gusto si me tocara vivir eternamente aunque vale la pena conocerlos.

En esta etapa del viaje pasamos a constituir un terceto viajero. Se nos sumó Eduardo, por pocos años menos, coetáneo de esta servidora. Hombre de números pero dueño de un humor digno del dúo que conformábamos con Laurita, comenzó a compartir nuestros paseos y comidas, lo que generó una complicidad hecha de risas y agudas observaciones sobre los sitios que visitábamos y los avatares del viaje que, desde entonces fue más divertido, si cabe.

Eso sí. Los tres hicimos un pacto de honor: no nos consideraríamos “atados” cuando nuestros deseos turísticos no coincidieran, de modo que logramos el equilibrio perfecto: compañía o soledad, a gusto y sin compromisos. Digo esto para animar a la gente que no puede creer que me haya atrevido a viajar en un grupo y a la vez, absolutamente sola. La verdad: lo recomiendo. O los planetas se alinearon para que la decisión fuera correcta y encontrara buena compañía o mi ángel guardián sobrevoló la agencia en la que contraté el paseo.

Comenzamos por Róterdam. El Markthal, un edificio inaugurado en 2014, imponente y original en su diseño, combina viviendas con un mercado, construido sobre un pueblo enterrado del siglo XIV, fue el primer lugar que visitamos. A decir verdad, mi asombro por el diseño en herradura y el enorme espacio sin columnas, correspondiente al mercado, con su bóveda cubierta de gigantografías 3D, fue tan  grande como el placer de comer unos mejillones dignos del mejor restaurante. No por nada fue considerado por algunos como la moderna Capilla Sixtina de Róterdam (el edificio, que no los mejillones).

A continuación, las Casas Cubo,   pensadas como un  bosque abstracto, un pueblo dentro de una ciudad, donde cada casa representa un árbol y todas las casas juntas un bosque que deja espacio libre al nivel de suelo, optimizando el espacio interior. Laurita y yo recorrimos el lugar disfrutando cada patio y la sensación de vivir un lugar insólito y sumamente original.

Nos despedimos de la ciudad contemplando la iglesia protestante de San Lorenzo, símbolo de la resistencia de la comunidad de Róterdam, casi destruida durante la Segunda Guerra Mundial y vuelta a construir. Una vez más, una muestra del empeño y perseverancia holandeses.

La Haya fue un soplo para una fotografía y llegamos a Amsterdam donde participamos de un crucero nocturno por los canales y una visita diurna malograda por la lluvia, el viento y la tormenta.

¡Debieran haber sido moscas por la noche! Nuestros acompañantes mexicanos en Bruselas comenzaron con ojitos vehementes hacia mi coequiper, una serenata en el ómnibus, que fue coreada por casi todos los integrantes del paseo. En mi caso, colaboré con “La felicidad” de nuestro benemérito Ramón Bautista Ortega (no podía cantar otra cosa, realmente). Esta vez, la presencia de nuestro nuevo amigo evitó los intentos de contra ataque hacia Laurita que ya venían frustrados desde Bruselas y en la lancha ya no se sentaron con nosotras para alivio de Laura, estoy casi segura.

No fui al Barrio Rojo. Comprendo a quienes les interese o les de curiosidad. No es mi caso. Y no por mojigata. Simplemente sentí que para mí no era.

Amsterdam, sus casas flotantes, sus ventanas ávidas de luz y sin cortinas, sus flores por doquier, su precisión de relojería, no necesitan demasiadas explicaciones, aunque sí una calurosa recomendación para visitarla.

Volendam y Marken, dos pequeños pueblitos pesqueros, acunaron mi tarde solitaria con los golpes de los mástiles de los barcos sacudidos por un viento muy fuerte. Sus molinos, sus casitas de cuento me parecían salidas de las ilustraciones de un libro y ni qué decir de sus jardines y flores minúsculos pero aprovechados con amor y sabiduría. 

Al día siguiente partimos para Alemania pero todavía en tierra neerlandesa nuestra Joanette nos sorprendió soberanamente (adjetivo adecuado por estar en un reino).
¿Recuerdan que esta honorable anciana pretendía que todos la sirvieran? Con prepotencia, con muy poca empatía, continuaba torturando a Enrico y Paco, coordinador y chofer respectivamente. Ambos hacían lo imposible por contenerla, complacerla y satisfacerla. Se suponía que su grado de invalidez era proporcional a su edad. Así lo sentíamos todos.

Tuvimos que hacer un alto en la ruta. Y el aparato de abonar el ingreso a los baños no funcionaba. Convocado que fue Enrico, éste nos dijo que, dado que el tema era responsabilidad de la estación de servicio, pasáramos por debajo del molinete agachadas o gateando.

Señoras y señores: ¿Quién fue la campeona de gateo en estas circunstancias tan incómodas?

Adivinaron: ¡Madame Joanette!

Para mí que los quesos holandeses tienen influencias mágicas en la salud de las personas…

Cati Cobas


jueves, 18 de julio de 2019

326) En Bruselas, custodiadas por “expertos aztecas” (El regalo- Caticrónica de viaje-Capítulo 7)



Enrico era el nombre de nuestro guía. Un muchacho italiano que no venía a casarse* y que, graduado en Artes en la Universidad de Boloña, devenía, por unos meses al año, por vocación y, sobre todo, por convenirle a su bolsillo, en coordinador de viajeros de habla hispana que, salvo Laurita, necesitaban de varios hervores para tiernizarse.

Enrico dominaba bastante bien el español pero… su acento, inevitablemente, recordaba a un roedor que hizo las delicias de chicos y grandes hace unos cuantos años. ¿Recuerdan al que decía “buenasss nochesss amiguitossss”? Sí. Enrico hablaba igual ¡que el Topo Gigio.! Sobre todo a la hora de decir “baroco” y cosssitas”, lo que nos enternecía más que nada porque el chaval era un portento en todo sentido. Educado, cumplidor, hasta lograba controlar las inauditas exigencias de Joanette, que continuaba presionándonos con la excusa de sus dificultades motrices y su noble ancianidad.

Enrico, muy responsable, nos advirtió al llegar a Bruselas: “es esta
una ciudad segura, pero por la noche, mejor cuidarse”. ¿A dos argentinas acostumbradas a llevar la mochila por delante y sacar el celular solo en interiores? Pero, una nunca sabe y si Enrico lo decía…
Nos esperaban la Grand Place y el Manneken Pis, además de muchas calles con aire medieval o cadencias otomanas en algunos casos pero… ¿iríamos solas?

La noche de Bruselas teníamos incluida la cena, de modo que compartiríamos mesa con algunos compañeros de viaje. ¡Cuál no sería nuestra sorpresa al ver acercarse a nosotras a dos portentosos mexicanos! Morrudos y grandototes, con algún aperitivo de tequila ya ingerido, pero simpáticos a más no poder. Obviamente, la autora de estas líneas no era la destinataria verdadera de las amabilísimas sonrisas de nuestros fortuitos compañeros de mesa. Pero Laurita recibió piropos a mansalva, se imaginarán. La cena fue cordial y terminó con la propuesta de ambos caballeros, que habían continuado libando a troche y moche, para acompañarnos en el paso nocturno.

Con Laura nos miramos. Parecía mentira que, conociéndonos desde tan poco tiempo atrás, las dos nos transmitimos telepáticamente: “mejor estos etílicos latinoamericanos como custodia que solas en la noche belga, recordemos el consejo de Enrico”. Por  otra parte, era evidente que por el volumen de los caballeros y por la forma de desenvolverse,  su cultura alcohólica era tan importante como la otra, ya que ambos eran profesionales importantes en su país  (o eso dijeron).

No puede contarse La Grand Place iluminada. El adjetivo que surge para mí es “sobrecogedora” pero dudo mucho que sea el adecuado. No en vano es Patrimonio de la Humanidad para la UNESCO. Los ojos y el corazón se encandilaban frente al derroche de luz y a la armonía de las proporciones de la plaza y los edificios que la circundaban. Por la mañana supimos que se trataba de las casas de los gremios, el ayuntamiento y la Casa del Rey y que estaba considerada una de las más bellas plazas del mundo. Daban ganas de girar y girar para no perder detalle de ese sitio mágico.

 ¡Y las calles adyacentes! Pequeños y grandes restaurants, con reminiscencias de la belle epoque,  un hotel que hubiera hecho empalidecer a Boabdil por su decoración morisca, mil rinconcitos
pintorescos y, finalmente, la estatuita emblemática de la ciudad que, si bien fue simpática, no dejó de desencantarnos un poco con su minúsculo  tamaño.

La estatuita-fuente-emblema rehecha muchas veces,
representa un bebé haciendo pis y formó parte del sistema de fuentes que proveía agua a la ciudad cuando en las casas no había. La actitud irreverente del niñito era una especie de guiño liberador frente a las rigideces de la época que solo se suavizaban con picardías de ese tipo o durante los carnavales licenciosos.

Conclusión: paseamos incólumes y embriagadas… por la belleza inaudita de la noche de Bruselas y por la cantidad de canciones con las que los aztecas nos agasajaron. Y conste que digo “nos”, porque no sabré nunca si era un problema etílico pero fui tratada como una treintañera por ambos durante todo el trayecto. Una de dos: o gozaban de vista nublada o tenían ilusión de que actuara como Celestina con respecto a mi joven amiga, cosa que no ocurrió y que Laura no hubiera aceptado tampoco, estoy segura.

Atravesamos nuevamente la plaza procurando retener para siempre esa imagen resplandeciente. ¡Qué noche, Teté! (hubiera dicho un peluquero argentino muy conocido).
En fin, estimados amigos, Bruselas no nos decepcionó, Jalisco no se rajó y el Cielito fue más que lindo sin que hayamos tenido que perder nuestros Ojos negros en manos de ningún amigo de lo ajeno, según las previsiones de nuestro guía.

¡Gracias, México lindo y querido! ¡Y vivan Bélgica y sus noches luminosas!

Cati Cobas

*referencia a “Muchacha italiana viene a casarse” una telenovela que fue furor en Argentina a fines de los sesenta del siglo XX.

sábado, 13 de julio de 2019

325) De puentes y de encajes (A Brujas, con nostalgia) El regalo- Caticrónicas de viaje



De puentes y de encajes está hecha la ciudad de Brujas. De encajes y de puentes y chocolate.
Es el lugar perfecto para envolverse en cuentos y soñar. Es tan fácil imaginarla plena de vida burguesa en otros siglos, con los comerciantes trasegando sus calles. Se puede ver, casi, a las encajeras moviendo los bolillos, sentadas tras los cristales de las casas que asoman a los canales.

Aunque casi todos sus edificios hayan sido reconstruidos y hayan cobrado nueva vida en muros y ventanas neogóticas para recibir a los turistas, todo Brujas parece venido de otros tiempos. Y nos es muy sencillo dejarnos llevar por la ilusión.

Los cisnes y los patos nos dan la bienvenida. Contemplándolos, borramos de la retina la multitud que nos precede y la que avanza detrás de nosotros. ¡Somos tantos los que deseamos visitar esta ciudad flamenca!

Logramos abstraernos, y atravesar los primeros puentes, flanqueados de un verde intenso y húmedo atravesado por el agua. Llegamos a las casas de las viudas. Rojo ladrillo para cobijar a las mujeres que quedaban solas y sin sostén, en Brujas. Ladrillo rojo para el desamparo, transformado ahora en atracción turística.


El encaje se trepa a las paredes, en catedrales, en plazas y edificios públicos. Se hace aguja y piedra en los pináculos y tiende su trama gris en los adoquinados.
El chocolate se huele desde la calle, en tentaciones.

Algún carruaje da vueltas muy cerquita. Dan ganas de subirse ya, para seguir rodando la ciudad y sus puentes.

Dulces rincones hechos plaza, con mesas de cordial encuentro. Misteriosas casas de negra fachada.  Y un solitario parque muy cerca del bullicio. Un parque simplemente sereno.

Laura dice que no quiere partir. Que acaba de descubrir su lugar en el mundo. La miro con ternura.
Y regresamos al encuentro con nuestros compañeros de ruta.

Pienso que no volveré a Brujas. Pero he logrado transitarla, aunque sea brevemente. Doy gracias a Dios, mientras acaricio los detallitos que llevo para colgar en mis cristales. Y endulzo mi partida con delicioso chocolate.

Hoy, sentada en esta bendita Buenos Aires que se despierta en grises, sin duda, mi ciudad, me lleno de nostalgia.

Y la comparto.

Cati Cobas

lunes, 8 de julio de 2019

324) Londres y la historia de Carmen y su ponchito rojo (El regalo- Caticrónicas de viaje)




Ángela es, a no dudarlo, uno de los mejores regalos de mi vida. Fue maravilloso descubrirnos a miles de kilómetros. Ella, en Madrid, mallorquina por nacimiento, hija de Miguel, mi primo hermano, y yo en Buenos Aires. Fue increíble comprender cuando reencontré a mi familia paterna en el año 2007, que éramos tan parecidas en tantas, tantas cosas. Méritos del ácido desoxirribonucleico, sin dudarlo, plenamente disfrutados por ambas. Nos unen las ganas de vivir y ser felices a pesar de todo, el amor por la lucha, el escribir, el animarnos o atrevernos aunque el precio sea alto y un sentido del humor a toda prueba. Características que compartimos en gran parte con mi prima y tocaya Cati, que vive en Suiza, con la que es otro placer encontrarnos, aunque lo hayamos hecho poco y siempre nos quedemos con ganas de “más”.


Por eso, cuando Ángela anunció que volaría a Londres, desde Mallorca, por un día, fue un verdadero alegrón, aunque también me produjo un gran sofoco.


Ángela es mamá de Miguel y Carmen. Cuando esperábamos a Miguel le tejí una mantita de colores, en señal de bienvenida, pero cuando Carmen vino al mundo opté por un juguete musical para su cuna. ¡No quieran saber ustedes cómo el hermano mayor ha torturado estos años a la menuda, dándole por las narices con la mantita de colores de la tía argentina!

Carmen es una niña decidida, que promete completar el cuarteto con su madre y sus tías Cati duplicadas. Por eso no dudó en pedirme su mantita (la quería colorada) vía whatsapp. Hecho que me encantó pero al que le di largas pensando que pasaría mucho tiempo antes de que pudiera entregárselo. Craso error. Cuando Ángela me dijo que vendría a verme no me dieron tiempo las manos a empuñar las agujas y la lana para tejerle a Carmen. Ya no fue una mantita. La niña tiene siete años, y por lo tanto decidimos que se trataría de un poncho, un ponchito rojo.

El último mes antes de mi partida, junto con los mapas y lecturas sobre los sitios de este viaje, hubo santa clara al por mayor y a toda máquina hasta que el tejido quedó finiquitado, y pudo ser guardado en la valija, junto a unos títeres para los dos hermanos. El sofocón y la carrera permitieron transformar la lana roja, en cariño para la pícara Carmen, aunque solo pueda disfrutarla a la distancia.
Lo mejor fue la entrega. El abrazo del reencuentro con su mamá. Una verdadera alegría para las dos y la misma complicidad que sentimos siempre que estamos juntas. Para Ángela, la visita tenía el valor agregado del recuerdo de sus años jóvencísimos, cuando vivió en Londres por un tiempo. Y para mí, contar con la mejor guía del mundo.
“¿Qué quieres hacer?” Me preguntó con esa gracia hispana que la caracteriza. “Mostrame tu Londres” fue mi consigna porteña. Con una salvedad: mi deseo de visitar el Museo Británico.
¡Pobre sobrina mía! Viajar tanto para meterse en un museo, pensé, pero todos mis amigos y colegas me habían insistido tanto que me mantuve firme.
Y hacia allí partimos a pura caminata sin descanso.

Comenzamos por cruzar el Parque Saint James, ya que nos queríamos dirigir a la avenida Piccadilly. Y ahí mismo tuvimos un nuevo regalo: ¡era la hora exacta del cambio de guardia en el Palacio de Buckingham! Sin pensarlo, quedamos en primera fila para ver pasar a la banda de los guardias, con sus sombreros peludísimos, desfilando frente a nosotros. Dios protege a los inocentes, no lo duden… Anacrónico espectáculo, que no dejó de impresionarme. Nos rodeaba una multitud entusiasta, que continuaba aplaudiendo cuando nosotros ya nos íbamos en pos del Londres prometido. El parque que atravesamos era precioso, como todos los parques de la ciudad. Agua, sauces y flores que parecían haber nacido allí. Delicias de los diseños paisajísticos británicos de los que algo sabemos los porteños. Menudos creadores, los ingleses que no convierten la vegetación en geometría.

Ángela estaba nostálgica. Quiso compartir conmigo su lugar secreto: un pub con todas las de la ley, “The white horse”. Very british, con una chimenea preciosa, paredes enteladas con paños a cuadros y decoradas con fotografías de visitantes ilustres, nos cobijó mientras nos poníamos al día. No nos daban tiempo las mandíbulas ni la lengua, de tanto charlas y contar. La verdad: no nos hubiéramos movido de ese lugar. Nos daban ganas de seguir deshilando la vida de estos últimos siete años en un “como decíamos ayer…” maravilloso. Pero ser turista conlleva sacrificio.

Piccadilly Circus me encantó. El ángel que lo preside debe haber sonreído al vernos pasar con ojos asombrados. Cada edificio, cada teatro, cada espacio me sorprendía y hacía que comprendiera las añoranzas londinenses de mi sobrina. Menos mal que no había moscas por ahí porque me hubiera tragado más de una con tanto ¡oh! y ¡ah!

El Soho y el West End nos descubrieron cálidos rincones, jardines escondidos y templos de diferentes credos abiertos de par en par para acoger a los indigentes, que también los hay en Londres, como en todas las ciudades  grandes de este mundo.

Llegamos al Museo. Ángela y su buen carácter me quitaron la culpa. Y me pude sumergir entre las momias, los frisos del Partenón y otras delicatesen adquiridas en mala ley por los británicos. Mi alma se rebelaba y a la vez se complacía por la bendición de poder estar ahí contemplando las huellas de los siglos.

Covent Garden fue mi consuelo: me encantan los sitios un poquito venidos a menos, pero con carácter, y así lo viví, perfumada por una cestita de jabón y rosas que me regaló mi visitante. Me sentía un poquito en la piel de Eliza Doolittle (Audrey Hepburn)  la florista de My fair Lady, ya que el lugar remite a esa época y hace soñar, a no dudarlo.

El Barrio Chino nos recibió con su arco que, a mi criterio, nada tiene que envidiar al de nuestra ciudad, y lo dejamos atrás para internarnos en más rincones casi laberínticos, que hacían que cada vuelta de la esquina fuera un nuevo descubrimiento. No podía evitar comparar esa traza con el cardo y el decumano que inspiran nuestras ciudades pampeanas, a puro damero y sin sorpresas. Delicia de las ciudades con historia y abolengo.

Imaginarán los lectores que a esa altura de la tarde los alicaídos estómagos de las dos payesas mallorquinas “very british” clamaban por alimento sólido. Que la cultura y las ciudades son interesantísimas, pero de carne somos. Así que volvimos al pub de Ángela por nuestra merienda-cena y  yo, que no suelo beber alcohol, me dedique nuevamente a la cerveza, con lo que cuando despedí a Ángela en la Victoria Station tuve que mirar un largo rato buscando la estación del Metro que estaba a cinco pasos.

Pero había valido la pena: el poncho rojo ya volaba rumbo a La Roqueta y mi sobrina y yo habíamos vivido un día de esos que se guardan para evocar por si vienen tiempos más difíciles.

Cati Cobas

domingo, 30 de junio de 2019

323) Londres, Malena y el piloto rosa chicle (El regalo- Caticrónicas de viaje)



El día comenzó complicado. Donald Trump estaba visitando la ciudad, razón por la que la visita guiada de la mañana fue un fiasco. Solo un galopar por los sitios emblemáticos sin que verdaderamente pudiéramos disfrutarlos. Y, para colmo, nuestro guía, Enrico, me propinó una filípica por (según él) presentarme tarde a la excursión. No fue así de ningún modo: mis compañeros se sumergieron en el ómnibus antes de las ocho, la hora consabida y me quedé esperando hasta que apareció Enrico a rescatarme. Mal comienzo, me dije, amoscada.

La tortura terminó al mediodía, cuando nos dejaron en el Palacio de Buckingham luego de pasar raudamente por la Abadía de Westminster, el Big Ben y algunos otros íconos londinenses, que quedarán para ser observados de cerca en “Madrileños por el Mundo”, mi programa de viajes favorito.

No obstante, la autora de estas líneas es alguien a quien es difícil arruinarle el día. Y a partir de esa hora se unió a Malena para iniciar una expedición a su modo, plenamente disfrutada. Laurita había decidido para sí otros recorridos, por lo que nos despedimos de ella deseándonos lo mejor.
El principal objetivo era The Shard, el rascacielos cuyas vistas eran, a la ciudad, el equivalente de la torre Eiffel de Paris. Y hacia allá fuimos.

Una pena que este día fuera el único compartido con la farmacéutica cordobesa. Ella partió luego a París, y me vi privada de su bonhomía, parloteo simpático y despiste sin tregua. Cuando volvió a unírsenos en Alemania, si bien coincidíamos a veces, fue difícil retomar la complicidad de ese día inolvidable.

El metro nos dejó frente a la Torre de Londres. Comenzaba a llover. Y un viento muy molesto impedía abrir nuestros paraguas. Pero a una mujer de recursos nada de eso la amedrenta. Busqué en mi mochila un elemento ad hoc que, previsora, había comprado en plena calle Florida: ¡mi piloto rosa chicle!

La cara de Malena se transformó cuando me vio enfundada en él. Francamente ridículo. Incluso tenía un aire al disfraz de preservativo que usaba Jorge Guinzburg en alguna presentación televisiva. Pero la cordobesa era una mujer educadísima. Solo sus ojitos brillantes la delataban, razón por la cual, esta servidora: tan contenta y fiel al viejo lema “ande yo…ríase la gente”.

Me parecía un sueño contemplar la Torre, en la orilla norte del Támesis, que como todos saben, es, en realidad, un lóbrego castillo con un infinito número de torres, cada una con su historia.
Un cuervo inoportuno, pariente sin duda de los seis que la custodian para evitar, según cuenta la leyenda, el fin de la monarquía y del país, se acercó a saludarnos, mientras contemplábamos, asombradas, esas piedras, que infunden temor y respeto desde el 1066. Si bien Ana Bolena, paseando con su cabeza en la mano, no rondó por ahí, no dejamos de sentir su presencia y la de todos aquellos prisioneros que tuvieron este sitio por morada o lugar de ejecución según el caso.

La orilla del Támesis contempló a dos señoras pintorescas trajinando para llegar a su objetivo de cristal y acero mientras disfrutaban de puentes y embarcaciones, hasta de la insolente lluvia que no nos permitía prescindir del ridículo atavío y las socarronas sonrisas que generaba.

The Shard, al sur del río, cumplió con mis expectativas. The Shard, también conocido como Shard of Glass, Shard London Bridge y antiguamente London Bridge Tower, es un rascacielos de 95 plantas situado en Southwark,  y diseñado por el arquitecto italiano Renzo Piano. Con una altura de 309,7 m, The Shard es el edificio más alto del Reino Unido, el sexto edificio más alto de Europa y el 110º edificio más alto del mundo. También es la segunda estructura autoportante más alta del Reino Unido. Fue delicioso contemplar Londres desde él. Así como subir en un segundo los noventa y tantos pisos hasta el mirador. El Támesis serpenteaba allí debajo, y nosotras nos alegrábamos descubriendo cada sitio emblemático con la sensación de vivir un momento único..

La Catedral de San Pablo nos recibió, después, con un concierto, que disfrutamos, aleladas por la imponencia del lugar. Hasta que decidimos que ya habíamos vivido suficiente cultura londinense y era hora de momentos más terrenos.

Harrods nos hizo evocar a nuestra Harrods, en la que íbamos a ver a Papá Noel. Y ahí y en otras tiendas de Knightsbridge terminamos de entender aquello de ”hay un mundo mejor, pero es carísimo”, por lo que decidimos consolarnos en un pub, ¡que bien nos lo merecíamos, después de tanto trote!


Para ingresar me quité el rosado adminículo protector para asumir un aire de mujer mundana, acostumbrada a esos sitios. No valía la pena porque en Londres nadie mira a nadie demasiado.
El “fish and chips” estuvo delicioso. Y la cerveza también. El brindis nos permitió celebrar el encuentro con esta nueva amiga que me deparó la vida, asumiendo estoicamente el precio de mi compañía y del impermeable vergonzante.

Cati Cobas

martes, 25 de junio de 2019

322) “Solo nos faltó Hugh Grant” (De Chelsea, a Kensington, paseando por Notting Hill) (Capítulo 3 de El regalo, Libro de viajes)


Nuestro grupo, cansado luego de tantas horas de avión, sumadas a la tardanza en haber sido recibidos, había tomado casi por asalto la recepción del hotel. Eran las once de la mañana y hasta las dos de la tarde no podríamos acceder a nuestras habitaciones. Con el agravante de la presencia de Madame Joanette empeñada en lograr que, por sus dificultades, se hiciera una excepción con ella, brindándole alojamiento inmediato, cosa que no ocurrió. Imaginen ustedes lo caldeado del ambiente.

Ahí vi a Laura por primera vez. Y supe que podíamos ser buenas compinches cuando pronunció las palabras mágicas: “yo quiero ir a Notting Hill”. Sí. Eso era lo que esta servidora necesitaba escuchar. Desde Buenos Aires soñaba con ese preciso lugar, a qué negarlo. La imagen de Julia Roberts en la librería o subiendo la escaleras estrechas de la casita georgiana para terminar en brazos de Hugh Grant me perseguía mientras mis amigas me recomendaban el Museo Británico o el Castillo de Windsor.

“¡Yo también quiero ir a Notting Hill!” Fue mi respuesta decidida. Malena, la farmacéutica cordobesa, se nos unió y ahí partimos las tres. En subte nomás y sin perder ni un segundo. Dejando a nuestros atribulados compañeros de aventuras soportando los reclamos de la anciana dama.
Siento comunicarles que Hugh no nos esperaba (aunque después supimos que él y muchos otros famosos habitaron la zona). Hugh, como les dije, no estaba, pero tanto no importó porque ninguna de las tres era tampoco Julia Roberts.

Sin embargo, fue, como todos los días de este regalo que me dio la vida, un día para recordar.

Desde los patios de las casas de Chelsea y Notting Hill, derrochando rosas, a los breves jardines “a la inglesa”, en los que plantas y flores parecían crecer sin geometrías rígidas, sin estridencias, al frente de las consabidas casas victorianas o georgianas que siempre me hicieron soñar, todo hablaba del verano que se estaba aproximando. Rejas, faroles, alguna estatua creciendo en algún rincón. Me deberían haber pellizcado porque no podía creer estar ahí.


No nos costó demasiado dejarnos engañar cuando, después de pasear por un adormilado pero colorido y concurrido mercado de Portobello (pese a no ser fin de semana), dimos con la supuesta librería, sucedáneo de la verdadera, que ya no existe. No nos detuvimos hasta no dar con ella y la foto consabida premió nuestra empeñosa búsqueda. “Él” no estaba ahí, pero las tres nos sentimos (estoy segura) como si nos estuviera ofreciendo algún libro de viajes, acompañado por su mejor sonrisa “british style” de dientes parejitos.

No queríamos movernos,  pero tan cerca de Kensington era una pena perdernos el palacio homónimo, en el que nació la reina Victoria y que fue también el hogar de Lady Di.
Los jardines del palacio y su césped de un verde intenso, nos recibieron con el sonido de un carrillón que parecía haber sido puesto a propósito. Arrulladas por él fuimos andando escoltadas  por edificios imponentes (supimos después que correspondían a embajadas). Hasta que a nuestra izquierda surgió, mágico, un jardín rectangular casi secreto, hundido, con fuentes y vegetación tan especiales, que no costaba nada imaginarse en él en otros tiempos.

Luego, el espacio se abrió y dio lugar a un inmenso parque, en el que dejamos a Laura jugando con los patos del estanque mientras Malena y yo íbamos por la reina Victoria y sus aposentos.
A decir verdad, la experiencia de presentir la vida de Victoria niña, encerrada entre brocatos oscuros, impedida de salir libremente del palacio, nos abrumó un poco. Y respiramos aliviadas cuando nos reencontramos con Laurita, que venía feliz con el estanque y sus plumíferos habitantes.

Un oportuno taxi nos devolvió al hotel, ya sin reclamos ni exigencias, para derrumbarnos en nuestras respectivas camas, mientras nuestros atribulados pies pedían clemencia.
Pero… ¡Qué importaban unos pies ardientes! Si habíamos estado paseando junto al buen mozo vendedor de libros, en pleno Notting Hill mientras disfrutábamos de las mejores rosas de la primavera londinense.

Cati Cobas