martes, 22 de mayo de 2012

En la Casa Balear de Buenos Aires


El sábado 19 de mayo, en la Casa Balear de Buenos Aires, se presentó mi novela breve "Dos orillas para una crónica". Estuve rodeada de amigos, con la presencia y participación del Presidente de la casa, Miguel Vanrell Suau, el Vicepresidente, José Puig.

Mario Bellocchio, director de cine y TV, escritor, periodista, y Director del Periódico "Desde Boedo" tuvo a su cargo la presentación del libro (Gesto que agradezco enormemente).

Colaboraron en la presentación la cantante Norma Corubolo, la actriz Thelma Fernández y Alicia Desimoni, amiga incondicional.

La apertura y el cierre contó con un video realizado por mi hija Mercedes VanSanten.

¡Gracias a todos y a la Vida!

Cati Cobas

lunes, 21 de mayo de 2012

"Dos orillas para una crónica en el Centro Balear de Santa Fe"





El día jueves 10 de mayo, el Centro Balear Santa Fe convocó a socios y amigos a la edición del Café literario LLETRES A LA TARDOR (Letras en otoño) reiniciando un nuevo ciclo de los tradicionales encuentros culturales coincidentes con las distintas estaciones del año.

En la presentación, Salvadora Moranta, coordinadora del Taller literario “Llegir, un plaer”, que funciona en la institución, hizo referencia a los objetivos y actividades que se desarrollan en el mismo, señalando que en esta primera parte del año se aborda la obra de Miquel Ángel Riera (Manacor 1930-Palma 1996) uno de los autores más destacados de la literatura mallorquina de la segunda mitad del siglo XX. Poeta y narrador, toda su obra responde a un único impulso de crear belleza en la búsqueda de sentidos a la naturaleza paradójica y frágil de los seres humanos.
Una participante del taller, Inés Vicens, leyó una poesía del autor en la lengua propia de las islas, y traducida al castellano.

La invitada especial al encuentro Cati Cobas, de la Casa Balear de la ciudad de Buenos Aires, presentó su libro “Dos orillas para una crónica”, una versión novelada de la historia familiar de la autora. Sus capítulos narran con amor y ternura, no exentos de humor e iluminados por la historia Argentina, las vivencias de aquellos inmigrantes baleares que, en el siglo XX, lucharon por encontrar un lugar en estas tierras.

El público asistente escuchó en silencio y profunda emoción la lectura de algunos capítulos seleccionados cuidadosamente por la autora.

El ambiente contó con la exposición pictórica de Doris Pallero Bauzá, integrante de Comisión Directiva y de la subcomisión de Ayuda Social.

El cierre musical estuvo a cargo de Gràcia Seguí, que ofreció un breve pero entrañable recital de violoncelo, con temas típicos de las diferentes islas, y en un momento pleno de emoción acompañó la voz de la cantante lírica, Zoraida Clément, también integrante del taller literario de catalán.

No faltaron a la cita, el café siempre preparado por Teresa Fornés, tesorera del Centro, las dulzuras típicamente baleares como el flaó, especialidad de la mismísima presidente, Sonia Dutruel Riera, y las ensaïmadas de Margarita Taura, nativa de Mallorca, e integrante de Comisión Directiva.

Autora del artículo. Profesora Salvadora Moranta

domingo, 6 de mayo de 2012

"Dos orillas para una crónica" en la Feria del Libro de Buenos Aires



El 2 de mayo, a las 20 horas tuve la alegría de presentar mi novela en la Feria del Libro de Buenos Aires. Gracias a todos lo que la han hecho posible y a los que me acompañaron ese día.

En breve será presentada en algunas de las Casas Baleares. pronto daré noticias.

Cati Cobas

viernes, 6 de abril de 2012

286- Las grandes lecciones de vida del colectivo porteño

Desde hace un tiempo tomo colectivo en forma habitual. Por la mañana y por la tarde. Dos cada vez. Ese solo hecho ya es el botón que muestra cuánto puede aprender un humano de ese vehículo al que llamamos por aquí con el cariñoso apelativo de “bondi” (en recuerdo a los boletos londinenses que se llamaban “bond”).

A la mayoría de las personas este tema le disgustaría pero, perdonen mis lectores, disfruto enormemente del aprendizaje que implican estos viajes. ¿Para qué peregrinar a La Meca o al Vaticano si con un peso veinticinco (por ahora) podemos tener una iniciación espiritual digna de esta era de Acuario, de primerísimo nivel?

¡Ya sé, ya sé! Loca de atar esta sexagenaria que dice que disfruta de una situación tan desagradable para la mayoría de la gente. Pero lo que así piensan no han comprendido que viajar en colectivo, bondi o como quieran llamar a esos vehículos urbanos es para los porteños avispados y observadores como yo una experiencia filosófica de ribetes místicos. No hace falta ir a la India, como mi sobrino Federico. Si cada unidad vehicular es como un ashram rodante que nos puede hacer llegar a niveles de conciencia elevadísimos.

Primera gran lección: bendecir lo que se tiene. En mi caso, antes de iniciar el viaje bendigo mis rótulas, que todavía me permiten treparme con cierta dignidad, así como amortiguar la caída en el apeo. Bendigo también mi columna vertebral, que puede hacer contorsiones dentro del ómnibus sin quebrarse y los fuertes músculos de mis brazos, que pueden colgarse de los barrales más incómodos y hasta darle algún codazo a un vecino inoportuno.

Segunda lección: paciencia y humildad. En la fila, uno tras otro sin distinción de clase, aprendiendo mansedumbre y aguardando, la llegada del vehículo. A continuación, cuando ya hemos visto pasar tres o cuatro llenos sin que ninguno se detenga, conseguimos crear, de la nada, un férreo espíritu comunitario porque nos juramentamos que el próximo colectivo nos verá unidos o dominados, para lo cual decidimos que haremos un piquete que lo detenga y nos permita tomarlo. No hace falta. Aparecen cuatro juntos y el último está vacío y nos lleva. Media hora más tarde de lo necesario, pero nos lleva. Mis compañeros de fila y yo nos sentimos en una comunión espiritual inigualable, casi orgásmica, cuando, triunfantes, pasamos la tarjeta SUBE y la maquinita nos permite “ir corriéndonos hacia el interior del coche”.

A partir de ahí, llega la tercera lección: el YO SOY. Soy uno de los pocos que se bañan con cierta frecuencia. Pero esto tiene un lado extraordinario. Aromas corporales variados nos permiten saber que quienes viajan a nuestro lado no son extraterrestres o zombies, sino simples mortales, como nosotros. Ya es un alivio saber que Marte no ha contraatacado o que el mundo no cumple las profecías de fin del 2012 anticipadamente. Bien es cierto que los lunes dichos aromas se acercan un poquito más al del jabón y el desodorante y que al llegar a viernes nuestras pituitarias sufren de acoso olfativo, pero perfecto no existe nada en este mundo y las partes olorosas son eso, precisamente. olorosas y no a todos les cae bien visitarlas a diario munidos de elementos limpiadores, reconozcámoslo. Además, Federico dice que en la India este tema carece de importancia y hasta se lo considera “olor de santidad”, ¿A qué quejarnos?

Cuarta lección: “todo hombre es mi hermano”. Puesta ante la decisión de estos viajes iniciáticos mi sentido común hace que aquí también aplique mi lema favorito: “cuando la vida nos da un limón, mejor hagamos limonada”. Mi limonada consiste, amigos, en buscar entre mis sufridos compañeros de ruta alguien con quien departir para abreviar de ese modo el trayecto. ¡Y lo peor es que lo logro! Un día, la charla es con una doctora en gerontología, con la que compartimos risueñas anécdotas de senilidades varias, dado mi trabajo en el geriátrico. Otro, una madre de adolescentes, con la que charlamos de nuestros hijos y sus manías. Ayer, fue la mamá de un bebé gordito y sonrosado que disfrutaba pellizcándome…¡un seno! (El bebé, no la mamá). La señora retiraba con amable insistencia la diminuta pero osada mano mientras el párvulo, ignorante de que dicho órgano no tenía el alimento con el que soñaba, insistía en el manoteo, dándonos una nueva lección: la persistencia.
Estos encuentros cercanos me permiten día a día reconocerme en mis semejantes, saber que a todos, con sus más y sus menos, nos pasan las mismas cosas y conformarme con el viejo lema de “mal de muchos…”

Quinta lección: el desapego o el ingenio. Sabido es que si uno vive mucho tiempo a bordo de los colectivos tarde o temprano será víctima de algún amigo de lo ajeno por lo que el día a día nos hace viajar con lo mínimo imprescindible. Buena lección para descubrir qué poco se necesita para vivir feliz en este mundo. Algunos que no aceptan la primera de las dos opciones recurren a los camuflajes más insólitos para escamotear dinero, documentos o llaves de los depredadores. En mi caso, el uso de una trusa de invención boliviana es un recurso interesantísimo. Lo recomiendo, aunque cuando hay que hurgar en ella en pos de algo de parné la situación es ampliamente risible…

Por todo lo antedicho, ruego a las autoridades relacionadas con el tema del transporte porteño que no hagan nada, absolutamente nada para mejorarlo. Continúen permitiendo a los ciudadanos disfrutar de las riquísimas experiencias de uno de los más nobles inventos argentinos, junto con la birome y la identificación por las huellas digitales, el siempre bien ponderado COLECTIVO.

Cati Cobas

sábado, 17 de marzo de 2012

RICARDO TEJERINA - Autor: PRESENTAMOS "RECUERDOS DE FINISTERRE"




RICARDO TEJERINA - Autor: PRESENTAMOS "RECUERDOS DE FINISTERRE":  Presentación de Recuerdos de Finisterre 17/3/2012  Apenas unos minutos después de las 12.00 hs., presentamos en la sede de Editoria...

jueves, 2 de febrero de 2012

285- Rosario siempre estuvo cerca…*

*“Cerca, Rosario siempre estuvo cerca
…………………………………………
y esto es verdad”

Tema de Piluso (Letra y Música Fito Páez)


Que no se me ofenda mi querida Mar del Plata pero desde hace un tiempito deberá compartir con Rosario los amores de esta servidora en cuanto a ciudades argentinas favoritas fuera de esta Buenos Aires que es, definitivamente, mi ciudad.

Cuna de la Bandera, Capital de los cereales, la Chicago argentina, la Barcelona argentina, Cuna de Rebeldes, son algunas de las denominaciones que Rosario ha obtenido por derecho.

Es que en ella, a comienzos del siglo XIX, el General Manuel Belgrano enarboló por primera vez nuestra hermosa bandera celeste y blanca. Luego, Rosario creció, convirtiéndose en el primer puerto cerealero del país y fue base de los movimientos anarquistas de comienzos de siglo, para convertirse, como la Ciudad Condal, en uno de los principales bastiones de desarrollo económico y cultural a comienzos del Siglo XX. También Rosario fue el lugar donde naciera el “Gran rebelde”, Ernesto “Che Guevara”. Pareciera
un lugar destinado a destacarse, no podrán los lectores desmentirme, ¿verdad?

Y como si esto fuera poco se la llama también “Ciudad del Amigo” y es uno de los lugares donde más se festeja el día homónimo.

Bah, que con tantos apelativos, una ya llega a Rosario con la sensación de que se va a encontrar con un sitio muy especial. Y así es, Mercedes y yo nos sentimos muy rápidamente “rosarigasinas” (palabra propia del “gasó” -argot característico de Rosario- popularizado por el actor Alberto Olmedo, rosarino de ley como Fontanarrosa y Fito Páez, entre tantos).

Es que es una ciudad que sabe mirar ese río Paraná al que se vuelcan sus barrancas y que crece a pasos agigantados pero conserva una esencia pueblerina que enamora. Nos encantó caminar por la peatonal, con sus edificios tradicionales tan prolijamente conservados, recorrer el Parque Independencia en el que Meche recuperó una parte de su infancia entre patos y palomas y recalar en el magnífico Monumento a la Bandera, obra del Arquitecto Guido, como corresponde a cualquier turista que se precie.

Nos encantó, por fin, recuperar la complicidad de madre e hija después de la pena de haber despedido juntas a mamá y sentirnos unidas como hacía mucho no lo hacíamos
.

Bien es cierto que el fin de semana tuvo también algunos inconvenientes, como el momento en que, con cuarenta grados, decidimos probar el sauna del hotel y, de pronto, nos dimos cuenta de que la puerta había quedado trabada o aquel otro, en que probamos suerte en el gigantesco casino recién
estrenado. ¡Mejor no haberlo hecho! De él salimos las dos convencidas de que este 2012 seremos afortunadísimas en amores, mis queridos lectores.

Pero, más allá de estas contingencias, el saldo de la experiencia rosarina nos dejó un sabor tan agradable que no tardaremos en volver, confirmando como Fito Páez que ésta, la tercera ciudad en importancia en Argentina, está cada día más cerca…

Cati Cobas

martes, 10 de enero de 2012

284-Aurora

“Partirá con el alba”, avisaron los ángeles. Y así fue. Aurora partió con las primeras luces de este día que ella hubiera calificado como “absolutamente caliginoso”. Porque…¿saben? A mamá le encantaban las palabras difíciles y muy bien pronunciadas. “La dicción es fundamental”, decía. Le gustaban las palabras difíciles y los cuentos de Guy de Maupassant, las risas de mis hijos y las flores arregladas con esmero. La música francesa y la gente joven. Comer con elegancia, aun para sí misma y la prolijidad extrema, sin caer en desbordes. Le gustaban las escuelas y las canciones patrias. Los pisos encerados y los cantores un poquito atorrantes. Los buenos libros y las fruteras colmadas. Le gustaba la vida. La más sencilla y más valiosa.

Alba, amanecer…¡Aurora!

En su carcel de silencios sonreía y daba las gracias por los cuidados que se le dispensaban. Sonreía siempre y a pesar de todo, mientras mantenía su coquetería simple, discreta y refinada. Aurora era una mujer gentil. Una señora. Era, además, una argenta madona mallorquina, con todo lo que eso implica.

Mientras esperábamos la llegada de este día, la calesita de la plaza Misericordia nos regalaba sus vueltas desde la ventana, como si se burlara de dolores y fatigas . Y el árbol nos traía pajaritos que ella, adormilada, procuraba cazar con lo que quedaba de su mano traspasada de pinchazos.

Con cada pajarito llegaban sus mandatos: “No hay que tener pereza de atenderse, hija. Jamás ir a dormir con los pies fríos, por ejemplo”. “Una carta sin responder es una mano tendida que se deja en el vacío”. “Una mujer debe saber arreglarse por sí misma sin tener que recurrir todos los días al peluquero o a la manicura”… ¡Y cuántos más desde su ejemplo. Su ejemplo de hija buena, esposa compañera, amorosa mamá y tierna abuela contadora de cuentos! ¡Cuántos mandatos! Aun desde la imagen que dejó entre sus compañeras de la Casa que la albergó los últimos dos años. Mandatos de paciencia, fortaleza, resignación, dulzura, picardía y hasta algún enojo pasajero disuelto más rápido que el viento.

Las hojas verdeaban los vidrios de su cuarto mientras mamá se apagaba lentamente. Y la calesita rodaba cargada de recuerdos. Mamá, con su pañuelo a lo “Carmen Miranda”, dejando nuestra casa inmaculadamente limpia. Mamá cocinando para los chicos de la facu y limpiando pisos pegoteados por entregas sin protestar jamás, con paciencia infinita. Mamá, en la ventana, esperando mi regreso. A veces, severa, fastidiándome con amoroso exceso de límites. Mamá, mil veces mamá de mis abuelos y mi padre. Mamá, trasmitiéndome historias familiares en fotografías casi casi centenarias. Y por fin mamá-maestra de todos aquellos que fueron sus alumnos, comenzando por mí.

Llegué a odiar las vueltas del silencioso carrusel que se empeñaba en acercar infinitas imágenes de Aurora mientras ella, yaciente, se despedía de nosotros.

“Partirá con el alba”, avisaron los ángeles. Y con el amanecer de este día salió de su prisión humana para recuperar sus sueños. Mi hijo Fernando me anima diciendo que tal vez ya su abuela haya sobrevolado la Mallorca paterna o se encuentra enganchada en algún tirante de la Torre Eiffel. Sonrío como ella.

Mi consuelo es saber que queda lo sembrado. Que seguirá en todos aquellos que disfrutaron su paciente gentileza.

El amanecer de mañana convertirá su sufrido cuerpo en polvo. Su voluntad es integrarse al árbol talado que retoña en nuestro parque.

¿Tal vez por eso no lloro? Debo estar convencida de que su delicado espíritu aún tendrá la vida…

Cati Cobas

domingo, 11 de diciembre de 2011

283-Tiempo de jazmines

¿Saben amigos? Buenos Aires, en noviembre, es azul alilado de jacarandáes pero en diciembre se vuelve blanco y perfumado. Parece que en esos dos meses hasta la naturaleza le rinde honor a la bandera que debiera unirnos más allá de mundiales y torneos como cuando casi todos vestíamos el guardapolvo blanco.

Es domingo. Mi balcón se asoma al verano que ya está aquí y me regala las ingenuas decoraciones de mis vecinos en la torre de enfrente de casa. Ya llega Navidad. El calor aprieta mientras nos enredamos en reuniones de última hora con amigos a los que se quiere entrañablemente pero a los que se ve poquísimo durante el año. Ya llega Navidad. Y con ella, el níveo perfume que huele a regalos y a preludio de vacaciones. Es, por fin, tiempo de jazmines. Los mismos que
nos atrapan en veredas y jardines, en terrazas y patios. Diciembre huele, definitivamente, a ellos en todas sus versiones.

En mi caso, no puedo sustraerme a su magia y suelo comprar un ramito de jazmín del cabo cada vez que puedo. En mi escritorio o en mi cocina me recuerda lo hermosa que es la vida.

Será por eso que ella me ha dado este año una sorpresa: mi jazmín estrellado y pequeñito ha florecido de modo tan generoso que me permite llenar de flores cotidianas mi fuente de angelitos (un recipiente de vidrio con gemas en el fondo, que es para mí un homenaje a mis ángeles amigos).

A veces pienso que, quizás, sean ellos los que se ocupan de la gloria mayor en la materia que bordea mi ventana. Porque el jazmín del país sembrado por papá hace cuarenta años sigue dando flores. Sus tallos son leñosos pero está vivo y florece puntualmente.

Nos dice a quienes habitamos esta casa que no olvidemos nunca que todo continúa y si se siembra con amor, a la larga éste vuelve convertido en blancos cuando llega el tiempo de jazmines.

Cati Cobas

lunes, 5 de diciembre de 2011

282-"Mire que es lindo mi país, paisano…"



Sobre coplas de la canción “Mire que es lindo mi país, paisano…”
Letra y Música: Argentino Luna

Mire qué lindo es su país paisano
Los cuatro rumbos que le conocí
Si usté lo quiere como yo lo quiero
Cuando lo conozca me dirá que si

Esta primavera 2011 vino para mí repleta de verdes, restallante de perfumes frescos. Vino, en definitiva, con la vida abriéndose paso a través de la naturaleza de esta Argentina generosa . La magia de seguir aprendiendo cada día y de resucitar de las pequeñas muertes cotidianas apostando a la palabra escrita, me han llevado “tierra adentro”, haciéndome gritar -a voz en cuello- el título de esta crónica. Mi país, nuestro país, es hermoso realmente, por donde se lo mire. En este caso, transitando la pampa húmeda, en la que todavía resuenan los ecos de malones y donde la sombra de los fortines sobrevuela las ciudades. Ciudades trazadas con el tajo de la cruz, en medio de la nada.
Es que al comenzar las flores azules de noviembre, y gracias a la generosa invitación del Instituto Ott de Acassuso, donde despunto el vicio de desburrarme de modo cibernético en Coordinación Turística, anduve por los pagos de Luján. Y cuando los jacarandáes comenzaban a desvestirse, fue Junín, una de las ciudades más importantes del noroeste de la Provincia de Buenos Aires, la que me recibió con una Mención de Honor en el concurso literario Junín País.

video


Viera qué lindo este país paisano
Venga conmigo y no me mire así
Si le han vendido una postal de afuera
Mire primero lo que tiene aquí

Alguna vez dije que hay pocas cosas más difíciles para mí que “contar” “la pampa”. Una se sube al ómnibus y se va adentrando en una paleta que va del dorado del trigo al verde oscuro de la soja. Contempla, con orgullo, las curvas de las hojas intensas del maíz y deja perder los ojos en cielos celestes, transparentes. Aquí y allá pastan en libertad los animales y la vastedad del paisaje silencioso sobrecoge el espíritu.
La Mágica Señora de Sierra Mágina dijo alguna vez que en Argentina todo es grande. Y una, que reconoce sus raíces isleñas, de amaneceres rojos y cielos mediterráneos de un azul intenso, siente, más que nunca, el privilegio de haber podido vivir las dos tierras. Aquélla, en la que el horizonte avanza en siluetas de montañas próximas y pequeños trozos de tierra roja labrados con las uñas y ésta, que nos ha visto nacer, con horizonte inacabable y cascos de estancia sembrados a distancias imposibles, en medio de una tierra fértil, en la que casi casi, los granos crecen sin sembrarse.

Mire qué lindo mi país paisano
Si usté lo viera como yo lo ví
Un cielo limpio repartiendo estrellas
La madre tierra cunando el maíz

En Luján, la Estancia La República, nos regala la vista con caballos de increíbles destrezas, ciervos, jabalíes, y una colección de aves coronada por pavos reales de plumaje colorido. Nos trae , además, una huerta en la que se combinan vegetales y flores de una manera exquisita, a través de la mano sabia de la hija de Carlos Thays, el paisajista al que debemos la mayoría de los parques porteños.

Si hasta nos obsequian con una suelta de obedientes palomas blancas que vuelan en círculo, llevando en sus alas nuestros mejores sueños…

Contemplamos, maravillados, una muestra deliciosa de carruajes antiguos en perfecto estado de conservación. Desde pequeños coches para niños hasta algunos muy semejantes a las diligencias del lejano oeste. Hasta que el lujo de la platería, exhibida en el casco de la estancia, nos deslumbra con mates y aperos de un gusto exquisito. La imaginación vuela y regresamos a los tiempos en que el indio y el gaucho convivían en este cielo que ahora nos cobija. Un cielo parecido al que, poco después encontraríamos en Junín.

Viera qué lindo es su país paisano
Rompa el boleto ése que tiene ahí
La tierra sufre si la abandonamos
Yo que usted lo pienso y me quedo aquí


Y yo, después de vivir tres días en Junín, de pasear por sus calles tranquilas y de contemplar la mayor de sus tres lagunas junto a Mercedes, mi compañera de taller en la Maimónides, decido que mi corazón se queda allí, igualito que lo que aconseja el autor de la canción. Allí, con su gente amable y la sensación placentera de estar en una ciudad a escala de las personas. Allí, en los salones del Club Social, tan españoles, en el Teatro de la Ranchería, en la plaza principal reluciente, donde alguna vez caminó Evita de paso haca la escuela. Aún allí, en la vieja estación que ya no ve pasar los trenes y que me llena de nostalgia.
Hubiera estado bueno viajar a Junín aún sin menciones ni concursos. El aire es limpio, la gente se ve contenta y el Hotel Central, tan antiguo que albergó a Gardel, nos devuelve su patio florecido en fucsias.
Pero el concurso le agrega un detalle que reafirma que mi país es lindo: el encuentro literario con más de ciento cincuenta escritores tan aficionados como yo, llegados de muchas provincias lejanas y hasta de países limítrofes nos permite descubrir que, además del paisaje pampeano, nuestra tierra es rica en buena gente. Las charlas respetuosas, el compartir los textos, las sonrisas, las miradas nos hacen dar gracias a Dios por la bendición de esos días tan especiales y decir, igualito que Argentino Luna:

Viera qué lindo mi país paisano
Si usté lo viera como yo lo vi
Comprendería el porqué le pido
Lo que le pido cuando canto asi

Cati Cobas

martes, 15 de noviembre de 2011

281-La magia del chalecito de Muebles Díaz

Mi ciudad, mi querida ciudad, tiene sorpresas para aquellos que saben mirar hacia arriba. Por cierto, se los recomiendo. Buenos Aires es hermosa “por todo lo alto”, expresión hispánica que en este caso puede aplicársele en su sentido figurado pero también literal. Si sabemos levantar ojos al cielo, si no somos “terre à terre” como decía mamá, un universo de cúpulas y curiosidades se abrirá ante nosotros. Es verdad que deberemos ignorar los cables que cruzan, desordenados, el cielo celeste de este noviembre, pero que encontraremos sorpresas arquitectónicas: ¡a no dudarlo!

Y si, como mi amigo Onomástico, tenemos la fortuna de trabajar en uno de los pisos altos del viejo Mercado del Plata, no nos hará falta ni siquiera levantar los ojos para sorprendernos con el café de la mañana, porque ahicito nomás, cruzando la Avenida 9 de Julio, Buenos Aires nos regalará la ilusión convertida en chalet normando.

Cuando pienso en ese chalecito me veo, vestida de cloqué blanco, de la mano del Señor y la Señora Cobas, a la salida de las Cuartetas, allá por los cincuenta y pico. Ese chalecito, junto con la vidriera de la zapatería Tonsa de la calle Florida (una vidriera motorizada que cambiaba a cada rato sin que uno pudiera comprender cómo), eran para mí una muestra de que nada era imposible. Por entonces no era arquitecta, por supuesto, y le preguntaba a papá cómo ese chalet había ido a parar ahí, tan cerca del cielo. A lo que él me respondía que había sido llevado por un mago. Un mago que lo había traído de países lejanos en una nube y había decidido depositarlo sobre un edificio tradicional de varios pisos. ¡Qué placer tan enorme imaginar a alguien con poder para depositar una casita de cuentos a pasos del cielo y el Obelisco! Yo, que pensaba que se trataba del mismo mago encargado de subir y bajar las cambiantes vidrieras de la zapatería de Florida, me iba a casa tan encantada con esas suposiciones como con “la grande” de muzzarella y la sopa inglesa de la pizzería de Corrientes que , aún hoy, puede visitarse.

Papá nunca fue mentiroso. Y ahora sé que, por lo menos en lo que hace al chalecito tenía razón. Su existencia se debe si no a un mago, por lo menos a un soñador. Ya sabemos que para convertir en realidad, mágicamente nuestros sueños, lo primero es soñarlos… ¿Verdad?

Díganme amigos si no debemos tildar de soñador y mago a Don Rafael Díaz quien, según cuentan sus descendientes, a fines del Siglo XIX se desempeñaba como vendedor en una mercería de la calle Chacabuco y dormía sobre el mostrador del comercio. Ahí, en ese duro lecho debe haber, sin duda soñado con la casita por primera vez. Hasta que con los años se convirtió en dueño de una de las mueblerías más grandes de Buenos Aires y se dio el gusto.

“En 1927 terminó de construir su sueño. Inauguró Muebles Díaz, que se convirtió en una de las grandes tiendas de Buenos Aires.
Todo el mundo la conocía como “la mueblería del chalecito”. “El chalecito era una casita normanda con techo de tejas rojas, igual a una que había visto en un viaje a Mar del Plata, encaramada en la azotea del edificio de la mueblería.
Mónica Abal de Schiavon, su bisnieta, cuenta que el hombre decidió hacerse una sucursal de la casa.
Vivía en Banfield. No podía volver a almorzar: entonces, creó allí un segundo hogar.
Comía en la primera planta. Hacía una siestita, ni muy corta ni muy larga, y volvía a trabajar. Su chalet no sólo rascaba la panza al cielo. En días claros, permitía ver la costa del Uruguay. Le gustaba mirar la ciudad. Desde esas ventanas, el señor Díaz vio, bloque por bloque, cómo levantaron el Obelisco en 1936. También fue testigo de la apertura de la 9 de Julio.
Nada de eso estaba cuando él llegó. De hecho, el señor Díaz sabía que la publicidad era la clave del negocio. Pero no quería pagar por ella. Y supuso que el chalecito era la mejor publicidad. Pero cuando él edificó, la calle era muy angosta y no había ángulo desde el cual divisar la casita. Tuvo suerte. O ayuda desde lo alto. Porque pronto se abrió la 9 de Julio. Y el chalecito pasó a ser parte de la típica postal de Buenos Aires, una ciudad en la que todavía corrían los tranvías.”

Ahora, como ocurre con casi todas las magias, no es tan fácil descubrir la casita de don Díaz, en medio de los letreros publicitarios. Pero Onomástico lo tiene enfrente y me asegura que sigue en pie como cuando yo usaba mi vestido de cloqué. En pie y rodeado de macetas con geranios. Y, aunque yo esté trabajando muchas horas cerquita de los fantasmas de los malevos de Borges, saber que el chalecito de don Díaz sigue ahí en la 9 de Julio, me permite soñar con una vidriera de Tonsa subiendo y bajando para mí. Una vidriera con las cosas buenas de la vida que, por suerte, si se sueñan, pueden hacerse realidad.

Cati Cobas

domingo, 30 de octubre de 2011

280- Bajo el sol de noviembre (Puerto Madero)

Los jacarandaes no han despuntado todavía al borde de los diques de Puerto Madero. Muestran su esqueleto desnudo, con el encaje de sus frutos a punto de caer, para dar paso al estallido de vida y el desborde de azules y de lilas con el que se vestirán en pocos días. Los lapachos rosados, en cambio, contrastan contra el cielo celeste y transparente, mientras el sol brilla en el espejo de agua que corre
a nuestro lado.

Una regata de pequeños veleros se desliza mientras la gente camina, con ojos enamorados por esta parte de Buenos Aires, único logro que no puedo dejar de reconocer a nuestro ex presidente con apellido capicúa.


¡Puerto Madero! Las grúas amarillas, ahora solamente decorativas, recuerdan los tiempos en que la zona se llenaba de hombres rudos que descargaban la mercadería de los barcos. Mercadería que se guardaba en los docks convertidos en universidades,
oficinas y restaurantes, cuya elegancia nada tiene que envidiar a ninguna gran ciudad del mundo.

Los jardines están llenos de geranios, el Puente de la Mujer traza un arco sobre el agua y nos lleva a la otra orilla, la más cercana al río, con sus altas torres y sus hoteles de gran lujo. Hay otra vida, de eso no cabe duda. Una vida de mármoles y vidrio con vista al Uruguay y a mundos impensados. Y si bien es carísima, caminar por las calles en las que esa vida se desarrolla es, por ahora, absolutamente gratis. Nos hace soñar mientras disfrutamos de las fuentes o del inmenso hall de aquel hotel con cinco estrellas. También de las totoras, que han venido del campo a la ciudad, convertidas en arbusto decorativo de última moda, y se preguntan dónde anda
n las vacas que solían custodiar cuando solamente la pampa era su cuna.

Las mesas de las confiterías, a la vera del agua, están repletas de gente que disfruta su café bajo las sombrillas coloradas. Otra, más modesta, toma mate sentada en elegantes bancos de madera.

Recostada sobre la baranda que bordea el dique, contemplo el buque escuela Presidente Sarmiento y evoco aquellos barcos en los que llegaran nuestros abuelos inmigrantes. ¡Qué diferente Buenos Aires los habrá recibido! ¿Qué dirían los abuelos si vieran el lujo que ha transformado esta parte de la ciudad en una zona tan plena de vida? Los imagino caminando los adoquines que ahora piso, cargando sus pequeñas maletas llenas de esperanza en esta tierra, a comienzos del siglo XX. Ahora también tenemos extranjeros, pero son turistas, no inmigrantes europeos con bolsillos vacíos y ganas de comenzar de abajo.

Dos muchachas delgadas y muy ágiles avanzan con sus rollers, mientras un matrimonio procura poner paz entre sus hijos, que disputan por un paquete de pocholo. Giro la mirada hacia la ciudad vieja y la Casa Rosada se yergue, orgullosa, tras
la estatua de Colón, cerquita de la Recova.

El sol de noviembre en Puerto Madero preanuncia que pronto llegará por aquí el verano.
La Navidad de jazmines está cada vez más cerca. Y un manso gozo de estar viva me acuna al ritmo del agua que corre en marrones y platas.

La vida, la vida siempre se impone. Y mucho más si es noviembre, y los jacarandaes amenazan con estallar en azules y lilas bajo el sol, aquí, en Puerto Madero.

Cati Cobas

martes, 25 de octubre de 2011

En la página de la Fundación Baleares en el Exterior



¡Gracias a la Fundación y a Bartomeu Amengual, webmaster de la página por la deferencia!
Cati Cobas

sábado, 22 de octubre de 2011

"El verano en que los árboles de Buenos Aires se vistieron de blanco" Cuento Mención Especial del Concurso "Te cuento mi cuento", G.C.A.B.A.

El nene de la foto es el verdadero Ezequiel, mi sobrino nieto, hijo de mi ahijada Florencia...

-¿Me contás tu cuento de “la Pestita”, tía Cati?- dijo Ezequiel aquella tarde en que las gotas bailaban en la terraza y chapoteaban en los charquitos haciendo espuma, igualito que si se tratase de pequeñas lagunas de soda recién servida.
-¡Ay, Ezequiel! ¿Estás seguro de que querés que te cuente mi cuento otra vez?- le pregunté, para escuchar la respuesta que ya sabía de antemano.
-Es que me en-can-ta escuchar tus cuentos, sobre todo cuando llueve fuerte como hoy. Contame el de “la Pestita”, porfa…
-Cuando yo era chica vivía en Parque Chacabuco, un barrio como tantos barrios de Buenos Aires, con calles empedradas y casas de un solo piso, o, a lo sumo, dos. Casas sencillas, con veredas de tablero de ajedrez, cada una con su arbolito. ¡Qué lindas veredas! Podías pasarte
un montón de tiempo saltando en un pie, del blanco al negro y del negro al blanco. Hasta llegar al árbol que completaba la vereda. Ahí podías hacer la calesita dale y dale, dando vueltas sobre el cordoncito alrededor de la tierra en la que crecía el fresno o el jacarandá o el tilo. Girando de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, alrededor del tronco, hasta que el mareo te hacía parar. Entonces, empezabas a mirar si había algún amigo para jugar al vigilante y ladrón o a las escondidas o…
Era un barrio en el que todos nos mezclábamos, igual que en la escuela. Bueno, más que en la escuela, porque cuando yo era chica, Eze, las nenas y los varones íbamos al colegio separados.
-¿Separados?
-Sí, había escuelas para mujeres y otras para varones pero como quedaban cerca nos conocíamos todos y nos juntábamos en las casas a ver al Capitán Piluso. O jugábamos en la calle. Sobre todo en verano, después de la siesta. A esa hora, algunas abuelas sacaban sus sillones y “tomaban” fresco mientras hacían que nos cuidaban. Aunque en realidad, era más por entretenerse que porque estuviéramos en peligro. Ni autos pasaban.
-¿Qué era eso de tomar el fresco? ¿Y jugar en la calle como si
nada? ¿La Pestita jugaba con ustedes, también?
- ¡Cuántas preguntas juntas! Así en vez de contarte mi cuento voy a terminar contándote el “cuentodenuncaacabar”.
En aquel tiempo no había aire acondicionado, y en muchas casas ni siquiera ventiladores. Bueno, en algunas tampoco había heladeras. Pasaba un señor con unas barras de hielo que se guardaban en una especie de roperito donde se ponían algunas cosas a enfriar, pero mucho no duraban. Así que cuando hacía calor, lo único que quedaba era salir a la puerta con la idea de que corriera un poquito de viento. Y sí, en la calle se podía jugar. Por entonces la única inseguridad era no saber si los Reyes nos iban a dejar algún regalo en los zapatos el 6 de enero.
Bueno, la única no. Porque el tiempo de este cuento que te cuento fue el de aquel verano en que todos los vecinos de Buenos Aires se juntaron para pintar los árbo
les y los cordones de las veredas con cal. Cada uno en su barrio. Ningún hombre quedó en su casa. Todos, no importaba si era un doctor o un limpiador de cloacas, con el pincel, hasta que no quedó un arbolito sin blanquear. Las mamás, por su parte, baldeaban y baldeaban con agua y acaroína y todas las calles tenían ese olor. La acaroína era un líquido blanco, con un olor tan fuerte que te arañaba la nariz. Decían que la cal y la acaroína evitarían “la Polio”. Nosotros no sabíamos qué era eso de “la Polio” porque era el tiempo en que a los chicos nos dejaban ser chicos mucho tiempo y no nos afligían con cosas que no podíamos arreglar. Eso sí, las abuelas nos colgaban en el cuello unas bolsitas con alcanfor. También para espantar esta Polio a la que los grandes le tenían tanto miedo como nosotros a la Pestita
La Pestita, que no se llamaba “Pestita”, como te podrás imaginar.
Claro que quería jugar. Los que no queríamos jugar con ella éramos nosotros. Los chicos de la cuadra le decíamos Pestita porque era realmente a-pes-to-sa. ¡Apestosís
ima! Se llamaba Laura. Era rubia, menudita y realmente fastidiosa. Parecía siempre enojada. Pegaba fuerte y sin motivo. Le teníamos miedo, aunque fuéramos mucho más grandotes de tamaño que ella. Porque lo peor era que no daba tiempo a devolver los golpes. Atacaba y escapaba rapidísimo. Así conseguía desaparecer sin que pudiéramos vengarnos. Vivía con su abuela (una viejita muy malhumorada) en una casa compartida. Las dos solas, con un gato negro que se llamaba Rocco. Cuando nos quería asustar más, aparecía con Rocco entre los brazos. Ahora, que soy grande, comprendo que se trataba de una nena con razones para estar enojada. No debía ser muy lindo para ella vivir con esa abuela sin más cariño que el del gato, pero entonces era imposible darse cuenta de por qué tanta rabia y tanto golpe.
Ni te digo cuando jugábamos al “patrón de la vereda. Era un juego e
n el que los chicos teníamos que atravesar corriendo una vereda completa sin que el “patrón” nos tocara. Si nos tocaba, perdíamos, dejábamos de jugar y ganaba el que quedaba último, pasando entonces a ser el nuevo patroncito. Cuando Laura era patrón, en vez de tocarnos, nos daba cada mamporro…
-¿Mamporro?
-¡Tenés razón! ¡Qué palabra más antigua! Te quiero decir que nos pegaba que ni te cuento.
-¿Y quiénes eran tus amigos, tía?
-Adriana y Gustavo, los hijos del bombero, Bibi, una rubiecita con la nariz adornada con una fila de pecas que parecía un camino de hormigas; Pocha y Betty, las nietas mellizas del “lavandinero” (un viejito que vendía lavandina suelta en su casa). También, Emilia, la hija del dentista. Horacio, el único con una mamá que trabajaba “en el centro“; Elsita, que vivía en la carpintería y también era brava, pero no tanto como la Pestita y José Luis, el hijo de los almaceneros gallegos. ¡Ay José Luis! Gordito, colorado y cabezón. A veces pienso que había sido así de gordito porque de otra forma el corazón enorme que tenía no le hubiera cabido en el cuerpo.
En aquel verano de los árboles blancos, una tarde, cansados de tenerle miedo a la diminuta Pestita, decidimos tenderle una emboscada. Todos nos escondimos en el zaguán de la casa del “lavandinero” esperando que ella pasara. Nos habíamos pr
ometido darle una paliza “en frío”, sin razón, sin juego de por medio, porque sí, de impotentes y rabiosos nomás. Como para que esa lección la hiciera abuenarse de una vez.
Estuvimos escondidos mucho tiempo. Hasta después que pasó el carrito de Laponia con sus helados. Pero pasaban las horas y Laura no aparecía. Todos los papás habían llegado del trabajo; era casi el momento de cenar y de la Pestita: ni noticias. “Taza taza, cada uno se fue para su casa” indignado. Era como si nuestra común enemiga hubiera sabido que la íbamos a esperar. Una vez más se había salido con la suya…
A la mañana siguiente, con el café con leche, el pan y la manteca, fuimos recibiendo la noticia. La Pestita tenía Polio. Ahí, a los grandes no les quedó otro remedio que contarnos. La Polio era la más apestosa apestosísima de las pestes. Peor que nada. Y no se sabía si Laura volvería a camin
ar. Nos dijeron que podíamos quedarnos tranquilos. Que ese verano estaría internada lejos, en un hospital donde tratarían de ayudarla.
Pero ¿sabés una cosa, Eze? Esa tarde, en vez de estar contentos por habernos librado de la Pestita, cuando salimos a jugar nadie tenía ganas. Y mirá que tratamos…
Reunidos en ronda contamos el comienzo: “Una do li tua de la limentuá…” “Al botón de la botonera el que sale o el que queda…” “No es de menta ni de rosa para mi querida esposa…” Pero no nos salía nada.
Los árboles blancos nos miraban. Parecían fantasmas en medio del calor que brotaba de los adoquines. Y los cordones de piedra, blancos también, de cal y acaroína, susurraban para todos una canción sin Laura, que lejos de nosotros estaba presa de la tan temida Poliomielitis (a esa altura Emilia, la hija del dentista, nos había informado de todo con aire de doctora).
“Tenemos que hacer algo”, dijo José Luis, el gordito de corazón grandote. “¿Una carta diciendo que se mejore pronto, que la esperamos para jugar al patrón de la vereda?”, se atrevió a proponer Bibi, mientras las hormigas de su nariz saltaban de un lado para otro. Pocha y Betty trajeron el papel y Adriana y Gustavo corrieron a su casa buscando los lápices de colores.
A mí me tocó escribir, como siempre. Tuve que tener mucho cuidado para encabezar la carta poniendo “Laura” y no “Pestita“, te imaginarás. Esa fue la primera de muchas cartas. Cortita. Con nuestros nombres al pie y muchos dibujos de todos.
Ese verano, el de los olores fuertes y los árboles blancos, siguió viéndonos muchas veces reunidos alrededor del papel, recortando pedacitos de Billiken, con chistes de Pelopincho y Cachirula, para que la abuela de la Pestita se los llevara al hospital.
Ella volvió al barrio recién en el siguiente verano. Los fresnos y jacarandaes ya se habían sacado la túnica del miedo. El peligro había pasado y nos vacunarían antes de empezar las clases para que nadie más tuviera Polio.
La Pestita nos sonrió por primera vez aquella tarde en que, estrenando un “patrón de la vereda” diferente, nos dejamos atrapar por ella, que estaba dando sus primeros pasos sin muletas.
Y desde entonces, fue para todos solamente Laura, la amiga de Rocco, el gato negro que maullaba, contento, entre sus brazos.
-¡Mirá tía cómo saltan las gotas en los charquitos de la azotea! Me parece que a ellas también les gustó que nos contaras tu cuento de cuando los árboles de Buenos Aires se vistieron de blanco…

Cati Cobas

jueves, 20 de octubre de 2011

Nominación para la Antología "Te cuento mi cuento" del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires



He recibido el certificado que me acredita como uno de los veinte integrantes de la Antología del Concurso "Te cuento mi cuento" auspiciado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Si bien no obtuve ninguno de los tres premios que había, integrar la Antología ya, de por sí, es una satisfacción para celebrar y compartir...

El cuento seleccionado es
"El verano en que los árboles de Buenos Aires se vistieron de blanco"
y narra una historia del momento en que la Poliomielitis atacó a nuestra ciudad.

Gracias a los organizadores del concurso por el estímulo que implican estos logros.

Cati Cobas

domingo, 9 de octubre de 2011

279- De grises, en domingo


Una blanda llovizna cubre el barrio de grises en esta mañana de domingo. Es octubre, y la melancolía amenaza con hacerme prisionera.
Sin embargo, los techos de Cafferatta brillan en rojos intensos y, junto a los brotes verde claro de los árboles en primavera, trabajan para la alegría mientras prometen el calor del verano que se acerca.
El mate está calentito. En la radio suenan canciones argentinas. Tangos, milongas, zambas. Me ha costado encontrar una radio dedicada a nuestra música pero el que busca encuentra siempre.
Castillo, Tita, Los Chalchas, Piazzola me acompañan. ¡Qué hermosa es nuestra música! ¡Qué poéticas sus letras! Alguna lágrima en los tangos, picardía en las milongas y la música del campo, con tantos ritmos diferentes. Igualito que en la vida. A veces nos toca chamarrita y otras, alguna chacarera o un tangazo bien florido. Y hay que bailarlo, aunque las tabas ya no sean las de los quince (bueno, la verdad, si hablamos literalmente, ni a los quince las mías resultaban bailarinas, no vamos a pretender que ahora se vuelvan las de Norma Fontenla).
Una golondrina viene a cobijarse en el alero de la ventana. Parece que ella sí aleteara al compás de Adiós Nonino.

Una silenciosa llovizna cubre de grises el asfalto. Es octubre y la melancolía amenaza con hacerme prisionera.
Sin embargo, “El último organito” resuena en mis oídos, con aire de cajita de música mientras espío a las vecinas que van por el pan y la factura. El pibe que vende periódicos en la esquina acaba de vender el último diario, y puede irse a casa por fin. Para él, en un ratito, será la cama calentita después de varias horas mojado y aterido.
El mate está cada vez más rico. “Tararí tararará” canta ahora Guillermo Fernández, y me dan ganas de acompañarlo con mi voz desafinada.

Una transparente llovizna cubre mi ventana de grises esta mañana de domingo. Es octubre y la melancolía amenaza con hacerme prisionera.
Pero un valsecito criollo se mezcla con las risas de un grupo de chicos que están volviendo del baile justo a tiempo como para que sus padres no se mueran de angustia y de desvelo.
El mate está “lavándose”. Mientras cambio la yerba, un rayito de sol se cuela entre los grises. Es octubre. Pronto llegará el verano. Acaban de dejarme el diario del domingo en el umbral. En la radio “Viene la pastora en la majada, a la que nadie le conoce ni una queja, solo va con sus ovejas con su tarararará…”

Evidentemente, se pueden hallar antídotos frente a los grises de esta llovizna blanda, silenciosa y transparente.

Sí, amigos: un mate calentito, con yerba renovada, el diario en el umbral, la vida al alcance de la mano y tararararí tararará…

Cati Cobas

El video sobre voluntariado que presenté en la Universidad Maimónides

domingo, 18 de septiembre de 2011

278- De Isabeles, refranes, maldiciones y paradojas

Para Marcelo, con mi agradecimiento...

Si hay un nombre fundamental en mi vida es el de Isabel, mi abuela materna. Nombre que también es mío, aunque haya sido opacado por el de Catalina y hasta por algún sobrenombre de la infancia, del que prefiero hacer caso omiso.

Siempre me gustó el nombre de la mallorquina bajita, simpática y refranera, que tanto influyó en mi amor por su terruño. Pero, investigando para esta crónica, acabo de descubrir que tiene en su etimología paradojas importantes porque “una hipótesis probable afirma que proviene del latín «Isis bella» («Isabella» en italiano moderno), en honor a la diosa egipcia de la fecundidad Isis, cuyo culto era muy popular entre los soldados romanos, más el epíteto «bella», subrayando su feminidad. Al parecer, se habría ocultado el origen pagano del nombre presentándolo como una variante del hebreo «Elisheva» («Elizabeth») que proviene del hebreo y significa ‘juramento de Dios’, ‘promesa de Dios’ o ‘Dios es mi juramento’.” O sea que, de movida, las Isabeles venimos encubiertas. Nacimos paganas y con sex appeal y por influencia hebrea nos transformaron en prometidas al Señor. ¡Menudo lío!

Y así ha de ser, nomás. Mi diminuta abuela, que parecía frágil y fácil de llevar y traer por su aspecto, soterraba una mujer luchadora, con la inmensa fuerza de su fe y un ánimo templado capaz de hacerle frente al más pintado. De “petiza”: nada. Era una grande. Ella y sus dichos. De los que, en la última crónica omití todos aquellos relacionados con Dios, los que sumados a algunos adjetivos que, según me dicen, ya no se emplean en Mallorca, la muestran en una faceta distinta.

Sus expresiones religiosas iban desde “Déu m’hos ne liberi!” (¡Que Dios nos libre!), “Gràcies a Déu!” (Gracias a Dios), “Si Déu ho vol i Maria!” (Si Dios y la Virgen lo quieren), hasta “El Bon Jesús hem farà caminar…” (El Buen Jesús me hará caminar), siendo esta última la que sostuvo su esperanza en sus diez años de discapacidad finales. ¡Menuda Isabel! ¿Verdad? Una nueva paradoja. Porque en este caso “menuda” significa “de gran talla y valía”.
En cuanto a los adjetivos, hay tres que, quizás, hagan sonreír a algún isleño (si logra perdonarme los errores ortográficos). Porque para ella (y para mi madre y para mí, por herencia inevitable) hay tres cosas que una mujer que se precie no debe ser: “mellenga“, “tudada” y “nyieu nyieu”. Que en castellano equivalen a desprolija, despilfarradora y mojigata. Aunque este último adjetivo va mucho más allá. Se aplica a esa gente que se hace la buena, la componedora, la religiosa pero en realidad tiene, como diríamos por estos pagos, “el puñal bajo el poncho”.

Y hablando de Isabeles. Gracias a las investigaciones de mi primo Miguel, esposo de la “madona”, papá de Ángela y Joana Aina, suegro de Banderas y abuelo del niño de colores para los lectores que me siguen, he descubierto una nueva y fundamental “Isabel” entre mis ancestros. Una, que me llena de curiosidad y a la que, según mi imaginación, se debe el que la finca de la familia se conozca como “Can Bet”. Bet es un diminutivo de Isabel, y así se llama el huerto de mis primos. Digo que imagino que debe su nombre a una tatarabuela que se llamaba Isabel Salom (¿Bet?). Tal vez una Isabel católica pero que encubría los efectos de las conversiones durante la Inquisición en Mallorca, cuyo apellido se ha ido perdiendo a medida que ha habido casamientos y nacimientos, como en cualquier árbol genealógico. Pero no sé por qué, me alegra saber que existió, también en la familia de mi padre, una Isabel ¡y nada menos que “Salom”! Eso explicaría una sensación que he tenido siempre con respecto a la cultura judía, a pesar del Bon Jesús y sus acólitos. Una sensación de empatía, de no sentirme totalmente ajena a ella, una cierta comodidad en cuanto a formas de pensamiento, de encarar la vida y hasta de ser madre…(Y permitan los lectores que me sonría al reconocerme como una verdadera idishe mame argento mallorquina).

Así que, tal vez, entre las Isabeles encubiertas, ésta, histórica y paterna, sea la responsable de que esté disfrutando, como mi abuela materna, de otra serie de refranes y maldiciones que han llegado a mis manos, de las manos de Marcelo, un compañero de Jorge que, conocedor de mi empatía con esta cultura, me hiciera llegar hace un tiempito.

En él (Refranerito sefaradí e idish, de Eliahu Toker) se pueden encontrar ideas tan ingeniosas, tan plenas de humor y de sabiduría, que es imposible no compartirlas. Vayan, a modo de aperitivo, las siguientes: “El que se casa por la moneda, ésta se agota y la mujer le queda.”; “Cada uno tira de la colcha para su lado.”; “Solo, ni en el cementerio.”, “Por miedo a lo que coman los pajaritos no siembran trigo.” “Si lo quieres conocer, dale poder.” Frases que, coronadas por “Al rico hasta el gallo le pone huevos, al pobre, ni la gallina.” muestran de cuerpo entero una cultura y una filosofía tan interesantes como la mallorquina, que develara en otra de mis crónicas.

Y aquí arribada deberé confesarme también, una Isabel encubridora con algo de “nyieu nyieu” ya que, aunque procuro ser buena persona, cuando me hacen enojar mucho pero mucho mucho, me siento absolutamente identificada con la versión de Toker de sus “mejores maldiciones judeo españolas” y me dan ganas de desearle a aquel que me ha hecho enojar “Que se parta en veinticuatro pedazos”, “Que vaya y no vuelva y a cada paso se caiga”, “Que lo lleven en andas…al hospital” o “Que se le caigan todos los dientes menos uno …y ése, le duela”.

Pero para cerrar, paradojalmente, recurriré a una Isabel de origen armenio. Mi recordada y añorada “Tía Isabel”, hermana de mi suegro. Su manera de ser honra lo mejor del nombre. Porque era hermosa y buena en el mejor sentido de la palabra “bueno”. Fiel a sí misma de la cuna a la tumba, será para siempre mi inspiración y mi guía. Ella eligió la alegría como arma. Aun en medio de las peores lágrimas. Esa Isabel se animó a vivir tantas vidas como se le pusieron por delante. Supo ser la más emblemática de las tías e iluminar a varias generaciones familiares solamente con la palabra y la presencia. Con ella, la del amor sin encubrimientos y la del corazón libre de maldiciones. La que supo, sin ser muy religiosa, ni cristiana ni judía, honrar la vida de la mejor manera. Con ella les digo ¡hasta la próxima!

Cati Cobas

lunes, 12 de septiembre de 2011

277- Al maestro, con cariño

Ayer fue en Argentina “El Día del Maestro”, en homenaje a Domingo Faustino Sarmiento.

Como Maestra Normal Nacional -y “a mucha honra”- para mí, Sarmiento fue: “un gran luchador y una de las figuras más importantes de la historia latinoamericana: subteniente de milicias, escritor, periodista, senador, ministro, director general de escuelas, sociólogo, diplomático, gobernador y presidente de la Argentina.” Pero sobre todas las cosas fue MAESTRO, en la acepción más noble de la palabra, que tiene que ver con el formar y con el ayudar a crecer.

Aunque para algunos, como Jauretche, en su “Manual de Zonceras Argentinas”, Sarmiento fue un zonzo por su lema “Civilización o Barbarie” (“La zoncera más grande que se dijo en este país fue Civilización o Barbarie, y todavía hay zonzos que piensan lo mismo”). Don Arturo criticaba la visión sarmientina centrada en el mundo “civilizado” y en la educación igualitaria como formadores de un pueblo, negando a los caudillos y a la forma de vivir que traían aparejada, como factores positivos para el desarrollo de la sociedad de su época.

Sin embargo, Tomás Eloy Martínez, el autor de “Santa Evita” y “La novela de Perón”, a quien tuve el honor de conocer, arguyó en su defensa ““Las escuelas son la democracia”. Fuimos fundados por el libro, no por la espada: lo repito. Fueron los libros los que inspiraron a Moreno, a Belgrano, a Sarmiento. La espada desbrozó el camino, pero el libro creó el camino. Sin el libro, ¿hacia qué clase de nación estaríamos yendo? ¿Sobre qué valores estaríamos construyendo los años por venir?”.

Dice el Diccionario: “maestro, en sentido general, es una persona a la que se le reconoce una habilidad extraordinaria en una determinada área del saber, con capacidad de enseñar y compartir sus conocimientos con otras personas, denominadas discípulos o aprendices.”

Es eso y mucho más. Ser maestro es ser sembrador. Con la sabiduría de intuir qué necesita cada alumno. Con la gracia de llegar a la esencia del que va a recibir lo que tenga para dar.

En un día tan caro a mi sentir rememoro a tantos maestros de la escuela y de la vida que influyeron en mi formación, que mi espíritu reboza de gratitud -y perdonen los lectores lo “cursi” y anticuado del concepto-.

¿Cómo olvidar, por ejemplo, a las maestras “de primaria”, en “la 17 del Distrito 8°”? Puedo mencionarlas una a una, desde Sara Alcorta, la “Señorita Sarita”, en Primero Inferior, hasta María Esther Capponetto en Quinto o Julia Bach, en Sexto Grado. Todas, absolutamente todas, responsables, comprometidas, bien formadas y verdaderas “maestras”. Su labor pudo comprobarse cuando, cincuenta años después, nos reencontramos sus ex alumnas, gracias al Facebook y su magia. Éramos un grupo de mujeres que diferíamos en nuestra formación más allá de la primaria. Las había que no habían continuado más estudios que ésos y, sin embargo, no se notaba diferencia alguna entre nosotras. Era ésa la muestra más rotunda del buen trabajo de nuestras maestras y de la escuela pública que, entonces, funcionaba todavía al amparo de la influencia sarmientina.

¡Como olvidar!, digo, por ejemplo, a la Señorita Russo, maestra de música, que, haciendo tintinear sus aros larguísimos, en el viejo patio cubierto, con los infaltables pájaros embalsamados de la época, nos introducía en cancioneros impensados, como si fuéramos el Coro Kennedy, por lo menos.

El Normal también ha dejado marcas imborrables. Irene de Wender y su amor por las letras o “la Tota” Martínez, y su vaporosa melena, entusiasmándonos con la historia bien contada.

Y en la universidad, Jorge Gazzaneo, arquitecto y maestro. Noble, culto y cercano a la vez. Inolvidable.

Pero hay más. Tantos más. Encabezados por mi querido Ingeniero Finkelstein, del que diría que a veces empleaba conmigo aquello de que “la letra con sangre entra” pero a quien agradezco todo lo que sé de construir con dignidad.

La lista seguiría ad-infinito. Mamá, la abuela Isabel, algunas tías, como Isabel, María Elena y mi nueva y mallorquina tía Jaumeta también me han enseñado, con su ejemplo y su presencia.

Y, en este último tiempo, mi profesor Isidro Salzman, con su forma un tanto severa en apariencia pero plena de ternura, completa el abanico de maestros.

Sé que es ésta una crónica excesivamente personal pero la escribo desde el amor y el agradecimiento. Con la esperanza de que haga que cada lector, en espejo, recuerde a aquéllos que lo formaron y, en su día, pueda dar las gracias a su modo y así honrar a los que eligen dedicarse a sembrar sin esperar más recompensa que ver la simiente florecida, sea cual fuere el suelo en el que la ha vertido.

Creo que si don Domingo nos visitara en estos tiempos quedaría un tanto preocupado al ver cómo su sueño de un pueblo “instruido” ha dejado de ser patrimonio igualitario, como fuera cuando yo vestía guardapolvo blanco. Pero quiero apostar a que poco a poco podremos de dejar de mirarlo con el cristal de Don Jauretche y volveremos a apuntar a la educación en serio para mirar con ojos limpios los años que vendrán.

Cati Cobas


sábado, 20 de agosto de 2011

276- El Refranero de Marcial e Isabel en Buenos Aires


(Corrección ortográfica Sebastià Covas Adrover)

Los lectores que me sufren ya conocen la historia. La eterna noticia de desarraigos y arraigos producidos por la inmigración. Desarraigos convertidos en “sobrasada a la argentina”, ensaimadas, paellas y “panades” preparadas y disfrutadas tan lejos de las islas; en “senalletas” llenas de ilusiones, en copeos y jotas en los que resonaba la siempre añorada Mallorca. Y arraigos hechos mate, asado, dulce de leche, tango y chacarera, en el caso como el nuestro de que la tierra fuera la argentina.
Porque Marcial (oriundo de Marratxi) e Isabel (la salerosa salinera), mis abuelos maternos, vivieron felices en esta orilla del Plata, pero jamás olvidaron su Roqueta. Ésta, sus canciones, sus costumbres, sus historias permanecieron en ambos (sobre todo en Isabel) hasta su muerte y perduraron en mis padres y en mí de modo tal que aún hoy me resulta imposible expresar algunas ideas en castellano. Es más, ni siquiera en nuestro “lunfardo” (argot de Buenos Aires), que tanto me apasiona.

Hay sensaciones, conclusiones, opiniones que solamente puedo pensarlas en el más genuino mallorquín, aunque viva tan lejos del lugar de donde provienen mis raíces.
Es por eso que intentaré compartir con ustedes, mis amigos, algunas de esas ideas auténticamente isleñas expresadas en refranes y modismos. Los isleños trasplantados conservaban algo de la desconfianza ante los “invasores” y se mantenían “derrera sa roca” (detrás de la roca) ante lo nuevo o lo desconocido adoptando una filosofía en la que cabían expresiones del mallorquín que a veces resultaban casi indescifrables si no se conocían los códigos de los inmigrantes.
Demás está decir que intentaré traducirlas, aunque puedo asegurarles que, por más que lo intente, nunca tendrán el sentido exacto, la entonación y el carácter originales. Sin embargo estimo que valdrá la pena la patriada. Tengo la esperanza de que, al leerme, algunos de esos nietos o bisnietos de baleares, diseminados por esta bendita América, puedan recordar aquella frase inolvidable de su “padrina” (abuela) o alguna expresión graciosa de su abuelo mallorquín y renueven el amor entrañable por sus orígenes, sin dejar de querer el generoso suelo en el que habitan.

Cabe señalar que parte de esas expresiones son el fiel reflejo de una idiosincracia muy especial hecha de prudencia, experiencia y también picardía, combinadas con un cierto escepticismo propio de aquellos que han tenido que luchar y economizar para sobrevivir.

“Tu somnies teresetes” (Tú sueñas marionetas). Haciendo alusión a sueños imposibles.
“Aquest, si no te trepitja, te capola” (Éste si no te pisa, te tritura). Llena de prevención ante alguien presuntamente peligroso.
“Aquest fa es “ronsero”” (Éste te hace el distraído). Huelgan las aclaraciones.
“Tu fas es roïssos grossos” (Tú desperdicias a lo grande). Siempre el ahorro presente.
“Alla on un creu que no si hi plou, no hi poden estar de goteres” (Allá donde uno cree que no se llueve no se puede estar de goteras) aludiendo a que siempre nos parece mayor la dicha del vecino cuando en realidad ni nos imaginamos los problemas que puede esconder.

Hay otras graciosas y alguna vez un tanto groseras que hablan del carácter terminante de los mallorquines, por lo menos de los que he tenido el placer de conocer. Para muchos de ellos lo que es evidente, no tiene vuelta atrás y lo que no tiene sentido común merece expresiones categóricas y rotundas sin remilgos ni adornos inútiles.

“Has cagat, Toni?, demà estaras bo” (¿Has evacuado, Toni? Mañana te sentirás bien) Se decía cuando alguien se había despachado a gusto de un entripado.
“Aquest vol s’estopa i es cul calent” (Éste quiere la estopa -con la que debía hacer el fuego- y el trasero calentito). Aplicado para aquellos que quieren todo sin perder nada.
“Bona l’has feta!” (Buena la has hecho).
“Tal dia fara un any” (Tal día hará un año). Cuando se prevé un mal fin a algún hecho.
“Això es un pegat” (Ésto es un postizo). Ante objetos o situaciones mal terminados.
“Això no treu cap en lloc” (A ésto no se le encuentra cabeza por ningún lado). Cuando algo no tiene sentido por más que se lo busque.
“Son vuits i nous i cartes que no lliguen” (Son ochos y nueves y cartas que no sirven para el juego). Se aplica cuando alguien dice sinrazones.
“Aquest ha perdut es corbam” (Éste ha perdido el entendimiento).
“No vols brou? Idò, tassa i mitja” (¿No quieres caldo? Entonces, taza y media). Se aplica cuando no desearíamos vivir una situación y debemos soportarla corregida y aumentada.

Párrafo aparte ameritan ciertas expresiones que, aunque tienen su equivalente castellano, jamás, pero jamás, igualan la sensación que producen dichas en su lengua original.

Y si no es así, díganme los mismos mallorquines nacidos en la isla si es igual estar “escarrufat” que tener escalofríos o ver una mujer “escambuixada” que despeinada. De igual modo alguien “escutiflat” no es simplemente alguien aplastado, desinflado, es otra cosa, mucho más completa.

“Cavil·la qui te cavil·la” (no hace falta traducción), recuerdo también algunas ideas de amigas de mi abuela, tan mallorquinas como ella. Una , viuda consuetudinaria, ataviada en plena Buenos Aires con el pañuelo negro a la usanza isleña, decía siempre: “Un sol Déu, un sol marit” (Un solo Dios, un solo esposo). Mientras que otra, que aún lo sufría, respondía “Es meu mussol sempre remuga” (Mi búho -es mucho más que eso en mallorquín- siempre murmura). Otra, viendo, con ternura, mis ganas de divertirme me señalaba diciendo “Aquesta té una juguera…!” (¡Ésta tiene unas ganas de jugar…!).

Para ir cerrando, deseo compartir una última anécdota risueña que tuvo su cierre un día que contemplé con detenimiento el mapa de las islas. Marcial decía siempre que llovía torrencialmente: “Quin temps per anar a festejar a Calonja” (Qué tiempo para ir a noviar a Calonge). En el mapa encontré la respuesta a mi desconcierto cuando de pequeña oía esa frase. Calonge resultó un pueblo lejano y de difícil acceso para alguien que , como mi abuelo, había vivido cerca de Palma. De ahí que una noche de tormenta resultaba imposible andar seduciendo jovencitas en sitios tan remotos en aquella época en que en Mallorca los transportes eran mínimos…

Ahora, para finalizar esta evocación lingüísticoafectiva, queridos amigos, invocaré a María diciendo “Mumareta meva! (Madrécita mía!) a la “Mare de Déu d’Agost”, patrona de Campos, tierra de mis abuelos paternos y a la Virgen de Lluc, la favorita de Isabel, dándoles las gracias por haberme conservado la memoria de estas palabras que por lo menos para mí tienen el sabor cálido del amor de los abuelos y me traen, sin proponérselo, el azul del Mediterráneo que está siempre en mi corazón. Ojalá a ustedes también les haya resultado grata la experiencia.

Cati Cobas