
Ahí
vi a Laura por primera vez. Y supe que podíamos ser buenas compinches cuando
pronunció las palabras mágicas: “yo quiero ir a Notting Hill”. Sí. Eso era lo
que esta servidora necesitaba escuchar. Desde Buenos Aires soñaba con ese
preciso lugar, a qué negarlo. La imagen de Julia Roberts en la librería o
subiendo la escaleras estrechas de la casita georgiana para terminar en brazos
de Hugh Grant me perseguía mientras mis amigas me recomendaban el Museo
Británico o el Castillo de Windsor.

Siento
comunicarles que Hugh no nos esperaba (aunque después supimos que él y muchos
otros famosos habitaron la zona). Hugh, como les dije, no estaba, pero tanto no
importó porque ninguna de las tres era tampoco Julia Roberts.
Sin
embargo, fue, como todos los días de este regalo que me dio la vida, un día
para recordar.



No
queríamos movernos, pero tan cerca de
Kensington era una pena perdernos el palacio homónimo, en el que nació la reina
Victoria y que fue también el hogar de Lady Di.
Los
jardines del palacio y su césped de un verde intenso, nos recibieron con el
sonido de un carrillón que parecía haber sido puesto a propósito. Arrulladas
por él fuimos andando escoltadas por
edificios imponentes (supimos después que correspondían a embajadas). Hasta que
a nuestra izquierda surgió, mágico, un jardín rectangular casi secreto,
hundido, con fuentes y vegetación tan especiales, que no costaba nada
imaginarse en él en otros tiempos.

A
decir verdad, la experiencia de presentir la vida de Victoria niña, encerrada
entre brocatos oscuros, impedida de salir libremente del palacio, nos abrumó un
poco. Y respiramos aliviadas cuando nos reencontramos con Laurita, que venía
feliz con el estanque y sus plumíferos habitantes.
Un
oportuno taxi nos devolvió al hotel, ya sin reclamos ni exigencias, para
derrumbarnos en nuestras respectivas camas, mientras nuestros atribulados pies pedían
clemencia.
Pero…
¡Qué importaban unos pies ardientes! Si habíamos estado paseando junto al buen
mozo vendedor de libros, en pleno Notting Hill mientras disfrutábamos de las
mejores rosas de la primavera londinense.
Cati Cobas
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