martes, 13 de julio de 2021

343- Elogio del GPS (Caticrónica)



Queridos amigos coetáneos: quiero compartir mi admiración por este aporte del Siglo XXI, y comienzo por su definición: “El Sistema de Posicionamiento Global (GPS) se compone de tres elementos: los satélites en órbita alrededor de la Tierra, las estaciones terrestres de seguimiento y control, y los receptores del GPS propiedad de los usuarios. Desde el espacio, los satélites del GPS transmiten señales que reciben e identifican los receptores del GPS; ellos, a su vez, proporcionan por separado sus coordenadas tridimensionales de latitud, longitud y altitud, así como la hora local precisa.”
Hace ya más de diez años, en Madrid, me maravillé al escuchar la voz de una mujer en el coche de mi amiga Socorro, guiándonos hacia Chamberí. ¡Menudo susto! Siempre había dicho que Socorro era la Mágica Señora de Sierra Magina y que la admiraba por la perfección de su escritura, su inteligencia y don de gentes y muchas cosas más pero de ahí a poseer un auto parlante…
Sin embargo, así ha sido. La magia del coche de mi amiga ha llegado al nuevo mundo, y ahora, con solo mirar nuestros móviles podemos localizarnos y ser guiados a destino.
Y una, que todavía conserva el recuerdo de una inolvidable excursión con sus compañeros de universidad en la que, perdida en Florencio Varela, clamaba por un teléfono público inexistente para avisar a su madre que estaba viva. Para hacerle saber que en algún momento encontraría algún ómnibus que la devolvería sana y salva a la Capital, no puede menos que agradecer a la vida el estar coleando todavía en este mundo de satélites y rastreadores.
Una, que ha lidiado con la Guía Peuser y la Filcar mientras dirigía obras en el conurbano, conociendo la dicha de perderse y encontrarse, tiene que aplaudir esta minúscula maravilla en la que, poniendo origen y destino, puede averiguar cuál es el camino más breve a pie, en bici, ómnibus o automóvil.
No dejo de asombrarme en estos pandémicos días, en los que una de las pocas cosas que puedo hacer es caminar. Bendigo al GPS, lo admiro, lo elogio y le agradezco los gratos momentos que me depara.
¿Busco un supermercado en un lugar desconocido? Ahí aparecen todos ellos. ¿Un café al aire libre? Otro que tal. ¿Un centro comercial? A un teclear brevísimo. ¡Bendito aparato!
Eso sí: En la Ciudad Autónoma en la que habito, al GPS le falta un detallito. Y espero que esta crónica llegue al oído de sus creadores para que lo tengan en cuenta: no dice nada sobre los puentes peatonales y les aseguro, mis lectores, que no se trata de un hecho menor.
Ya me he perdido detrás de la cancha de Atlanta en un intento de encontrar el paso por el túnel de la Avenida Dorrego, y de no haber sido por cuatro morrocotudos muchachos “bohemios”, un poquito “beodos”, que se compadecieron de esta anciana, todavía estaría tratando de hallar el camino.
Y hoy, menudo susto me pegué al tratar de cruzar caminando en forma paralela al puente de la Avenida San Martín, con la única compañía de autos abandonados y algunos perros famélicos a los que, por suerte, no les resulté apetecible.
Se trata de zonas “muertas” de nuestra ciudad, en las que he tenido que apelar a mi confianza en la bondad de los humanos y animales, mientras procuraba no ser prejuiciosa con respecto a rostros y actitudes de los pocos con los que me he cruzaba.
En síntesis: loado sea el GPS pero, por cualquier cosa, cuando me indique túneles o puentes, procuraré no hacerle caso o subirme a un dron lo suficientemente resistente.
Aunque pensándolo mejor, nuestro Gobernador podría hacer algo por esas zonas abandonadas de la Reina del Plata, y mejorarlas...
Cati Cobas

domingo, 6 de junio de 2021

342- Chamamé porá (Caticrónica 2021)


A Don Tomás, mi papá, le encantaba toda la música del litoral, el sonido del acordeón y, sobre todo, del arpa paraguaya, que lo embelesaba. Nunca supe por qué o cómo prefería un buen rasguido doble o una ranchera a una zamba o una chacarera (aunque también le gustaban) pero debo aceptar que esa música nos mantiene unidos con un hilito tan invisible que supera ampliamente nuestras divergencias acerca del liberalismo versus el rol del Estado en la vida de los connacionales (espíritu de contradicción desde la cunita, ¿vieron?).

El Falcon que le pertenecía -y que me legó cuando sus ojos se negaron a ver- fue testigo de las muchas oportunidades en que Ramona Galarza u Horacio Guaraní pusieron fin, desde la radio, a los dimes y diretes sobre la Historia Argentina.

Eso sí, mi espíritu de refutación fue llevado al himeneo. Y si bien, en este caso hubo siempre coincidencias con respecto a la visión política de nuestro hermoso país, los sonidos litoraleños, y muy pero muy especialmente el chamamé fueron, durante  treinta y seis años, una espada de Damocles pendiente sobre la paz conyugal. Vidala versus chamarrita, carnavalito contra polka correntina… ¡menuda “grieta” musical, señores!

Es que para mí la alegría, la energía de la música de nuestro litoral y del chamamé en particular eran maravillosas. Y el sapucai, ese grito que escuché toda la vida, en boca de los obreros, al terminar el hormigón, fue siempre sinónimo de regocijo. Mientras que la música del Norte Argentino me provocaba (y provoca) melancolía y una cierta tristeza que muy bien no me hace. En cambio a mi cónyuge esos ritmos con influencia guaraní no lo convencían y deliraba por las quenas y el altiplano.

Por eso, hace poco me sentí reivindicada en mi elección musical. Total y absolutamente reivindicada: el 16 de diciembre de 2020, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) declaró al chamamé como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, por su trascendental aporte a la cultura en todo el continente. En lo que hace a Argentina, completa un trío de patrimonios inmateriales con el tango y el filete porteño.

¡Un sapucai (grito de los hacheros o los mensúes) a la derecha, por favor!

Puesta en autos con respecto a este honor para mi música folklórica favorita me dispuse a rendirle mi modesto homenaje literario y en eso estoy.

El título que elegí dice que el chamamé es “porá”, que equivale a  “lindo, bonito, bello, bien”. Calificativo que retrotrae a los casi indiscutidos orígenes guaraníes de esta música, que data del siglo XVI. Mucho tuvieron que ver los jesuitas con sus misiones en que esta música creciera, incorporara instrumentos originales que luego se manifestaron en el arpa y el acordeón o bandoneón. Claro que poco a poco nuestro nuevo patrimonio inmaterial fue recibiendo influencias españolas, alemanas, austríacas y hasta judías y si bien tuvo épocas de declive nunca dejó de constituir una música imbricada con la esencia de la región a la que pertenece.

Aunque sepan los lectores que este estilo de danza y música se cultiva en otras zonas como Paraguay, noroeste de Uruguay, sur de Brasil (donde es muy popular gracias a la identidad gaúcha) y también en la Patagonia chilena (donde se han creado conocidos chamamés que todos cantamos cono si fueran correntinos).

Pero cabe destacar que por más que haya habido, como dije, épocas en las que no tuvo tanto auge es una maravilla que desde la primera grabación de un chamamé en 1931 (Corrientes Poty -La flor de Corrientes-, por Samuel Aguayo, en RCA Víctor) tres generaciones de intérpretes nos sigan regalando su payé (magia).

Comenzando con los pioneros: Mario del Tránsito Cocomarola, Osvaldo Sosa Cordero, Herminio Giménez, Ernesto Montiel, pasando luego a Tarragó Ros padre, Ramón Ayala Y Ramona Galarza hasta la actualidad con Teresa Parodi, Ramón Medina, Antonio Tarrago Ros, Mario Bofill, Los Alonsitos, el Chango Spasiuky tantos otros y aún con la encantadora Soledad Pastorutti, puede el chamamé sentirse orgulloso de su estirpe y sus intérpretes.

En la actualidad se da el lujo de celebrar dos festivales a falta de uno. En Corrientes: Mburucuyá, "El Festival Provincial del Chamamé", con 49 años de vigencia y en Entre Ríos: Federal, "Festival Nacional del Chamamé del Norte Entrerriano" que conserva y defiende celosamente el género musical tradicional

El chamamé, como todas las músicas litoraleñas se baila en pareja y existen innumerables variantes. Algunas, no tan alegres como el Chamamé ganci o chamamé triste que es una modalidad al que también se lo denomina chamamé canción y lo mismo ocurre con el Chamamé caté, más elegante y en lengua guaraní.

Sin embargo a mí me vuelve loca el Chamamé maceta, de pulso y ritmo más vivos y habituales en los grupos que tocan en festivales y bailes populares

En fin, amigos, podría continuar con el tema de mi música favorita por mucho tiempo pero debo dejarlos, porque me ha avisado “Merceditas” que, con “añoranza”, ya se encuentra en el “Kilómetro 11” viajando a mi “Corrientes porá”, y por lo tanto, “por Santa Rosa me voy al río”. A ustedes les digo: ¡”todo el mundo a bailar” antes de que nos embista “el toro” un chamamé bien nuestro!

Cati Cobas

  • Añoranza (Eustaquio Vera)
  • Merceditas (Ramón Sixto Ríos)
  • Todo El Mundo A Bailar (Aldy Balestra)
  • Mi Corrientes Porá (letra: Lito Bayardo; música: Eladio Martínez)
  • El Toro (Alberto Castillo)
  • Kilómetro 11 (Tránsito Cocomarola)
  • Por Santa Rosa Me Voy Al Río (Antonio Tarragó Ros)

sábado, 5 de junio de 2021

El despertar (primera clase de Stand Up) 2020 En los cursos de la Universidad de Bahía Blanca (UPAMI)


¿Quién me mandó, a esta altura del partido, anotarme en un curso de…stand up? ¿Qué me dio por hacerme la Dalia Gutman … de PAMI?

Encima, el profesor nos dio como tarea… relatar nuestro despertar y primera mañana.

En el avance de la clase del lunes anterior relaté que lo primero que hago al abrir los ojos es buscar mis anteojos. Es que sin ellos no existo.

A veces pienso que los míos tendrían que ser como los celulares, que cuando uno los pierde, si tiene un antiguo teléfono de línea puede llamar al celu y, siempre que no lo haya dejado silenciado, puede encontrarlo. Yo debería tener línea directa a mis anteojos. De otro modo no encuentro ni el inodoro (para uno o dos, según cuadre), que, obviamente, es lo segundo que me toca, junto a la lavada de cara, obviamente.

Dije también que a continuación me desnudaba. En invierno y verano, fundamental el encuentro con mi enemiga: la balanza. Ella marca el comienzo de mis desdichas o mis venturas diarias. ¡Asquerosa! Me envía a un desayuno solo frutas y mate lavao o caféconlecheconalgorico. La mayoría de los días, lo primero.

Este tema del desnudarse me obliga a la tarea de volver a ponerme el pijama y la bata aunque alguna vez me ha pasado correr al teléfono, que está en el living, como una Eva arrugada, cruzando los dedos para que no hubiera vecinos enfrente. Aunque mis vecinos ya deben estar curados de espanto atendiendo a algunos de mis hábitos pandémicos, como animar a mis alumnos invitándolos a dar clase por zoom con capelina o sombrero, por ejemplo, (una forma de divertirnos mientras le damos sin asco a las fracciones o al los múltiplos y divisores).

El final de mi primera mañana se concreta con los mates en el balcón. No me gusta el termo, y adoro mi pava enlozada y decorada con frutillas. Si no tuviera salida la manija y atada con cinta adhesiva sería más que perfecta. Igual la uso, y hago malabares para que no se suelte y termine quemándome porque ya los vecinos pensarían que me ha dado el mal de San Vito al verme esquivando el agua caliente a puro salto.

Así transcurren mis primeras horas. Aunque por ahora no digo a Dalia, ni a humilde Violeta llego, me divertí mucho pensando este primer ejercicio para ustedes…

Cati Cobas

El camisón de mamá (Stand up)2020 En la Universidad de Bahía Blanca, en los cursos Upami Adultos Mayores:


Buenas tardes, mi nombre es Cati Cobas. Soy porteña, madre, Maestra Normal y Arquitecta.
 Y aunque pasé los setenta y tengo varios sillones de sicólogos gastados, tratando de no ser una mujer castrada, decidí que tenía que comenzar estas presentaciones con…el camisón de mi mamá.

Muchos varones standaperos suelen contarnos sobre su idishe mame o sobre su bove, como si ser castradoras fuera algo solo posible en el Once o Villa Crespo.

Mi vieja, la dueña del camisón, paz descanse, se llamaba Aurora y provenía de una familia mallorquina, en el Mediterráneo y vivíamos en Parque Chacabuco ¿vieron? Pero para mí, había en ella algo de los conversos que habitaron la isla porque ella y su camisón eran tremendos…

En realidad, son dos los camisones. Uno físico, blanco, de franela, cerrado hasta el cuello, largo hasta los pies y otro mental, igualito al físico y empeñado en la excelencia y concentración en el estudio. Y mi papá, varón domado, dejaba hacer, imagino que sufriendo pero chito y a lo suyo aunque era un amoroso papá conmigo, que a Electra no me ganan.

Para empezar, soy hija única. Así que Aurora decidió que como iba a ser el único botón de su muestra le tenía que salir “plus cuam per fec ta”.

Allá por el 50, Upa mediante, se pudo jactar de que la nena, con escasos cinco años,  ya leía y escribía “al dictado” y sin faltas de ortografía. Si la hubieran agarrado los creadores de teorías educativas más modernas, con toda seguridad, el destino de Aurora hubiera sido el cadalso. En ese entonces, hasta en verano me hacía “un dictadito” y tres renglones de las palabras erradas para que no se fijaran mal, que la repetición en la enseñanza siempre produce buenos resultados…

Cuando llegó el secundario, el camisón virtual se volvió un poco más sutil, pero efectivo y torturante. ¡Te sacaste ocho! ¡Podrías haber tenido un diez!, por ejemplo.

Se imaginarán que a esa altura del partido y pese al camisón, ya me había convertido en La Novicia Rebelde y empecé a querer tener un novio (aunque más no fuera por molestar).

Fue aparecer el candidato y Aurora comenzó con su lei motiv “¡no se te ocurra!”.

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Me pueden decir qué se me podía ocurrir a las tres de la tarde, en verano, cuando despidiéndome, con un besito inocente, del pretendiente consabido,  a la vuelta de casa (en casa no porque es algo temporario y los vecinos pueden verte), me topaba con mi abuelo al que mi mamá había enviado a hacer una “comprita”.¡No me duraba ninguno! Aurora y su camisón se ocupaban de que me dedicara a estudiar, que eso era lo que correspondía y no andar noviando por ahí.

El que finalmente se atrevió conmigo y con Aurora recuerda a las carcajadas (ahora) las veces en que su ex suegra se aparecía dando vueltas por la casa, enfundada en su traje nocturno y victoriano. ¡Le faltaba el candelabro, pobre madre mía!

El tiempo pasó y cuando Aurora devino en abuela fue la mejor, la más tierna y comprensiva. Mis hijos la adoraron y ella, cuando me veía instarlos a que estudiaran, me decía “nena, no seas tan exigente, ¿no ves que los chicos sufren con tanta presión?”.

Una de dos, o el abuelazgo le cambió la esencia o mi papá, en algún brote matrimonial, le quemó el camisón, aunque haya sido en la edad madura, que siempre hay tiempo de rebelarse.

Cati Cobas

De ayer a hoy… el frío (Stand up) 2020 En la Universidad de Bahía Blanca, enlos cursos para adultos mayores de UPAMI


 Hola, me llamo Cati Cobas, soy mamá, maestra normal y arquitecta. Hace unos días que me preguntaron en qué noto los cambios entre los años de mi juventud y el hoy. Pensé y pensé y creo que una de las cosas más notorias es el frío y la manera de encararlo.

Y si así me siento, habiendo vivido siempre en esta porteñidad húmeda, no quiero pensar en el frío Bahía Blanca y aledaños. El de acá era un poroto al lado del que se debía sufrir al sur de Buenos Aires.

¿Inviernos? Inviernos los de antes. Clase media barrial. Escuela del Estado y viviendo en una casa.

Con sabañones y todo. En mi escuela no había estufas. Casi en sexto grado pusieron pantallitas de gas que no calentaban nada. Íbamos con guantes y unos sacos gordos tejidos que por lo menos a mi me hacían ver un barrilito bicolor (se usaban los sacos gordos tejidos a dos colores, mostaza y marrón o como el mío, que era verde loro con jaspeado naranja).

El 25 de mayo no cantábamos, tiritábamos todos el himno en el patio descubierto y no había chocolate de la cooperadora que nos redimiera. Encima, ese día no podíamos tener abrigo sobre el guardapolvo porque la consigna era ser blancas palomitas. Blancos estábamos. ¡Cubitos éramos! Se salvaban las maestras con sus nutrias depiladas y sus astrakanes (en esa época las maestras tenían todas su tapado de piel para que sepan).

Volvíamos a casa y era peor. Una estufa de velas en el comedor para todos y los pies helados en la cama de no ser por la bolsa de agua caliente.

Un año, a mi abuela mallorquina se le metió en la cabeza reeditar en Buenos Aires las mesas camilla que se usaban en la isla. Le encargó una al carpintero. Era una mesa redonda que en el centro, a 10 cm del piso, tenía lugar para un brasero. La mesa se cubría con una carpeta de terciopelo hasta el piso. Uno ponía los pies debajo de la carpeta y si no se movía para nada estaba bastante calentito. Eso sí se para no intoxicarse había que abrir las ventanas y hacer cambio de aire permanente. Lo que se ganaba por debajo se perdía por arriba.

La modernidad trajo estufas de gas, eléctricas, radiadores de aceite, calefacción central, losas radiantes y aires acondicionados frío calor y dejamos de tener frío. Por otra parte el cambio climático se hace sentir y parece otoño durante muchos días del invierno.

Por eso, cuando ahora por alguna razón algún día falla la calefacción o el gas cuesta un ojo de la cara, me consuelo pensando en aquellos fríos de mi infancia y en la mesa camilla de mi abuela y me digo: ¿Fríos? Repito: Fríos eran los de antes… ¡Qué me van a hablar de frío!

341- Una mañanita para “la profe Cati”(2020)


Cuando a mediados de diciembre dejé de trabajar en una inmobiliaria ubicada en plena calle Florida pensé que, con setenta años, ése había sido mi último trabajo. Pero a los pocos días encontré, justo al lado del consultorio de mi endocrinólogo, en la lejana y hermosa Villa Urquiza, un aviso pidiendo profesores y me tenté, enviando mi currículum, en el que había más arquitectura que docencia pero parece que el mismo fue suficiente para que me convocaran.

Mis amigas me tacharon de trastornada: ¿una hora de viaje? ¿poca paga? ¡Qué sentido tenía!

Para mí era una manera de sentirme viva, de disfrutar del contacto con jóvenes, del viaje en tren a contramano, de probarme que “podía”. Y pude. Varios fueron los alumnos y ninguno se quejó por suerte.

Pero llegó la pandemia. Justo cuando me pidieron que viajara hasta el instituto para dar clases de Inglés a unos mellizos de nueve años. Todavía no se había prohibido viajar pero, dada mi edad, propuse enseñar en forma virtual, lo que provocó el espanto de la persona que me convocaba. ¿Clases virtuales? ¡De ninguna manera!

A los quince días volvieron a llamarme. Y comenzó para mí una de las mejores aventuras cuando aparecieron en la pantalla… ¡el Capitán y la Princesa Coronavirus!

Ya el seudónimo habla de mis primeros alumnos. Dice de su capacidad de adaptación a las circunstancias y de su sentido del humor. ¡Justo lo que necesitaba esta servidora para aferrarse a la vida!

Fuimos conociéndonos. Y hasta enseñándonos mutuamente porque yo traté de que pudieran disfrutar del aprender y ellos me ayudaron con mis dudas cuando algo del Zoom me superaba. 

¡Debieran vernos! Hubo sombreros, pelucas, películas compartidas, infinidad de recursos siempre desde la alegría. Y poco a poco pude saber que la Princesa es muy coqueta, adora las artesanías y se interesa por asteroides y universos desconocidos y el Capitán sabe de robótica y le atrae todo lo que puede ir aprendiendo sea cual sea el tema. Supe que los dos quieren tiernamente a sus papás y abuelos y mucho pero mucho a sus amigos.

Cada martes y jueves fue una fiesta y un hilito que me obligó durante estos largos meses a levantarme, vestirme y arreglarme porque ellos me esperaban. Siempre puntuales y bien predispuestos. Y aunque ahora, gracias a la generosidad de su mamá, mi mejor agente publicitario, son muchos los chicos que pueblan mi pantalla y a todos los quiero y disfruto, ellos tienen para mí el sabor de lo recién estrenado y la alegría del mutuo primer descubrimiento sumado a su capacidad y don de gentes que hacen muy fácil enseñarles.

Como dije, la Princesa está siempre procurando la mejor imagen de sí misma y este invierno lució unos “modelitos” tejidos tan hermosos que no pude menos que felicitarla y decirle que si en algún momento una mosca aparecía por su casa y se llevaba algún chaleco era yo la responsable.

“Los teje mi abuela” fue la respuesta. A eso siguieron mis felicitaciones y mi admiración por la eximia tejedora que tanto contribuía a su elegancia.

¿Pueden creer que este sábado la Princesa y el Capitán aparecieron en la puerta de casa acompañados por su mamá? Y no venían solos. Lo hacían trayendo una primorosa “mañanita” tejida con habilidad y mucho amor por la abuela tejedora. 

Como me habían avisado que vendrían procuré buscar entre mis libros algunos que pudieran gustarles. Artesanías principescas para ella y para él, la Grecia antigua y sus templos y Gaudí, porque pensé que le interesarían. Su mamá acaba de decirme que mi alumno está pensando en convertirse en mi colega en unos años. ¡Parece mentira que la pantalla tenga la magia de traspasar en intuiciones los cristales!

Pero sobre todo, es maravilloso para mí poder recuperar el encanto de la infancia y de la vida en un momento tan difícil para tantos. Y recibir, hecho tejido, el cariño de mis alumnos cibernéticos.

Por eso, nos hemos prometido que cuando termine la pandemia celebraremos, junto a todos mis alumnos virtuales, en casa, un super cumpleaños PRESENCIAL, sin barbijos y sin miedos pero lleno de amor y de alegría.

Cati Cobas

340- Grajeas coronavíricas Reflexiones cuarenténicas, autoreferenciales y de edad de riesgo 2020


Prefacio

Yo, que pude narrar, desde el humor, el 2001  la crisis argentina, esta vez estoy casi muda. Absorta frente a una realidad de escala y  destino desconocidos.

No obstante, me he propuesto compartir  algunos breves episodios de estos días difíciles en los que, de cualquier modo, podemos extraer alguna cuota de sonrisas o ternura (por lo menos, eso espero)…

El regreso del piloto rosa chicle

Eran mediados de marzo y había obtenido turno para vacunarme contra la gripe en un vacunatorio ubicado en Acoyte y Rivadavia. A cuarenta y dos cuadras de casa.

Fernando, mi hijo, se ofreció a llevarme con la moto. ¡Aunque no puedan creerlo he subido a ella más de una vez, qué tanto…! Pero ahora, dos no pueden ir juntos en una moto, por lo que decidí que caminaría (por suerte cuarenta cuadras son lo que suelo caminar casi a diario, de modo que no me asustaba el desafío) y de regreso, el subte casi vacío, me traería a casa para no volver a salir más desde entonces.

Había que equiparse para la aventura. Y ahí mi afiebrada imaginación recordó el piloto plástico rosa chicle que me había acompañado en mi paseo por las Ciudades Imperiales el año pasado y me recordaba los atuendos de los servidores de la salud. El piloto me protegería, a no dudarlo.

Precursora, agregué un barbijo y, calzada con zapatillas, me lancé a las calles. Calles casi desiertas en las que la gente me abría paso con enorme gentileza. “Debe ser porque estoy en edad de riesgo”, pensé.

Hacía calor. Y viento. Al llegar a Avenida La Plata el sudor caía a chorros por mi frente y quería quitarme de la cara los pelos revueltos por el viento pero…prohibido llevarse las manos a la cara, así que me abstuve.

Se cumplió el rito vacunístico, y me sumergí en el subte. Estoicamente de pie para no contaminar mi piloto. Un policía me hizo sentar “de prepo”. Se ve que me tambaleaba demasiado.   Al llegar a Plaza Miserere me miré en el vidrio de la puerta del vagón y comprendí todo…

Sudada, con la cara tapada y los pelos cubriéndola, estaba igualita al personaje de la película “La llamada”…Esa era la razón por la que la gente me abría paso por la calle… Parecía salida de un film de terror…o que ya portaba el malvado virus.

 

Mercedes y el booling callejero

Esto de vivir separada de los hijos nos protege del virus pero no de los soponcios.

Mercedes, mi hija, no tiene televisión y se maneja con internet y youtube por lo que, mejor para ella, no está muy pendiente de las últimas noticias.

Una noche me llamó llorando tan mortificada que no podía consolarla de ningún modo.

“Me insultaron en la calle”. “Salí de la farmacia y al volver a casa me gritaban desde los balcones: “andate a casa…” y se la tomaban con vos, mami… Fue horrible, te juro”.

Ahí me di cuenta. Mi muchacha había salido justo a la hora del cacerolazo preventivo y, al no estar enterada, tomó, como agresión personal, la efusiva manifestación de sus vecinos… Buenos Aires da para todo…

 

Mi delivery personal

Fernando es querendón, mamero y motoquero. Y extraña (yo también) sus visitas a casa para cenar y ver nuestras series favoritas.

La solución  que encontramos es autorizarlo a atender a sus padres ancianos y de ese modo, una vez a la semana, llega con las provisiones y los medicamentos, y nos saludamos a través de la reja de entrada a mi edificio mientras dejo en el piso, para que se lleve, alguna de mis especialidades culinarias. Igualito que cuando Diego Torres gritaba el consabido “¡Guardias!”.

Nos abrazamos a la distancia y convenimos en encontrarnos por la noche, apretando al unísono el play de nuestra última serie en común.

Doy gracias a Dios por permitirme ser una mujer cibernética y sueño con que pronto los encuentros no tengan que ser asépticos.

 

Santino y yo

Al lado de mi departamento vive una familia tipo. Papá, mamá, hija mayor y Santi.

Mi lema vecinal es el de Doña Aurora, la autora de mis días: “cada uno en su casa y Dios en la de todos”. Pero Santi me puede. Razón por la cual le mando cuentitos al celu de su mamá y pienso pavadas para dejarle en la puerta y que con ellas se entretenga un ratito. Me hace mejor a mí saber que un humano pequeñito por un momento sale del encierro en compañía de esta seudo abuela tan encerrada como él.

El sábado tocaron timbre. Era Santi, que me había pintado una caja para albergar el huevo de Pascua que sus papás me habían comprado. Fue verdaderamente un momento inolvidable para agradecer a esta cuarentena forzada.

 

El allium sativum, los peligros y una servidora

“El ajo es una planta perteneciente a la familia de las amarylidaceae, de especie allium sativum y del género allium al igual que la cebolla (allium cepa) y el puerro (allium ampeloprasum); que desde la antigüedad, se ha recomendado para tratar enfermedades en las que generalmente se usan antibióticos. Numerosos testimonios recomiendan El ajo como antibiótico  para tratar un gran número de enfermedades.”

 

¡No digan nada! Ya sé que a partir de esta pandemia, no hay muchos motivos para sonreír o directamente reírse. Pero la verdad, si en la crisis del 2001, cuando cundía el trueque y el corralito, nacieron estas crónicas, ¿por qué no proponerse, mientras Dios nos dé vida y salud, compartir alguna que otra situación jocosa, que hasta en los velatorios se hacen chistes?

¿De qué hablo? Pues comencemos por el título. Mi abuelo Marcial era naturista. Teniendo una cabellera frondosa, se rapaba y todos los días, invierno y verano, se bañaba con agua fría y se daba friegas con una tela áspera de toda aspereza. Pero lo peor era el ajo. Crudo. Crudelísimo. Y mi pobre abuela Isabel y todos nosotros pagabamos las consecuencias aspirando los vahos y efluvios propios del allium sativum que solo eran compensados con la bonhomía y carácter amable del respirante cónyuge. El abuelo murió sano a los ochenta y tres años y siempre pensamos que una de las razones de su longevidad había sido el consumo intensivo de ajos.

Marcial murió cuando yo estaba en la facu, y el papá de mis hijos odiaba este vegetal, razón por la cual, durante toda mi vida adulta, evité consumir ajos crudos en todas sus formas. Pero…ahora estoy confinada en soledad. Y la imagen y vapores de mi abuelo y sus ajos me tranquilizan (a qué negarlo). He comenzado a comerlo con fruición y hasta deleite. Y les juro que me calma la ansiedad. Sé que lo más importante es estar aislada. Y trato de cumplirlo. Pero lo peor es que, cuando termine la reclusión, la gente me va a temer más que al coronavirus.

 

Pasando a los peligros. Hoy me enviaron un video. Un muchacho se súper protegía contra el coronavirus. Salía a la calle, y lo pisaba un camión.

No estuve lejos. La verdad. Abrumada por los memes y videos me hallaba yo hoy a la tarde, en mi cuarto, y tardé más de media hora en volver a la cocina porque un fuerte olor a gas golpeaba mis pituitarias. ¡Me había olvidado la pava en el fuego, y al hervir, lo había apagado! Si por casualidad hubiera habido una chispa…menuda explosión.

Pero esto no es todo. ¡Terminé con el gas y descubrí como tres mosquitos dando vuelta! ¡Lo único que falta es el dengue!

Sintiéndome como en el meme del camión, concluí en que el gran filósofo riojano Carlitos Saúl estaba en lo cierto: “nadie se muere en la víspera”.

Ajo y agua, queridos lectores. Espero poder seguir torturándolos literariamente hablando.

La Tercera no será la vencida

Esta pandemia me ha permitido descubrir cuántos salvavidas he ido generando a lo largo de la vida. Uno de ellos son los grupos de amigos (entendiendo por tales esos grupos de whatsapp que armamos con asociaciones como “Chicas de primaria”, “Chicas de la facu”, “Coro en cuarentena”, por ejemplo. No hace falta que aclare que las referidas chicas son todas “Baby boomers” consuetudinarias.

Pero el mejor para mí es uno que se llama “Muchachos y chicas” en el que somos parte Eduardo y Diana, maestros, y Jorge y yo, arquitectos. Jorge es mi “ex” y padre de mis hijos, pero aquí es un muchacho más. Los cuatro vivimos solos. Si los archivos de este grupo hablaran…

Una de las funciones de este grupo es sabernos vivos. Por la mañana, Diana, haciendo honor a su nombre, toca ídem y nos despierta con alguno de esos dibujitos que nos roba memoria del teléfono pero también nos alegra el día. Dicen, por ejemplo: “Hoy hay sol y va a ser un día genial” o “Un pajarito me dijo que en cuarenta días será primavera” o”Tener amigos es la mejor bendición”…y siguen las ideas. A continuación vamos dando los buenos días y así certificamos nuestra entidad. Casi todos tenemos hijos, y nos quieren, y se ocupan pero no van a estar confirmando nuestra vitalidad todos los días, obviamente, que para eso los milenials no han sido formados.

Alguna vez, alguno de los cuatro miembros del grupo no respondió, e inmediatamente estuvimos comunicándonos con él para verificar el respectivo amanecer.

Por la noche, un “hasta mañana que descansen” cierra el día y nos vamos a dormir con una mágica sensación de compañía.

Lo mejor de este grupo es que podemos compartir impúdicamente nuestras mayores o menores sapiencias con respecto a las nuevas tecnologías y  no avergonzarnos de no saber. Los aprendizajes obtenidos superan los bochornos.

Un día comenté en el grupo que mi hijo Fernando me había sugerido poner un podómetro en el teléfono. Un celular con cuenta pasos, bah.

Les di el nombre de la aplicación pero al rato, un miembro de identidad reservada me llamó recriminándome porque el cuenta pasos no movía la aguja y él (o ella) había dado más de diez vueltas a la mesa del comedor. La pregunta fue: ¿Dónde pusiste el teléfono? ¿Lo llevás encima? Y la respuesta fatal: “¡No! Lo dejé sobre la mesa!".

Dije que la tercera no será la vencida. Y mi grupo de muchachos y chicas lo confirma. Llegó el día del corte de pelo. Habían pasado ya dos meses de encierro y todos veníamos sufriendo problemas capilares. ¡Eureka! Dije un día. Y comenzaron a circular por el grupo unos tutoriales de Youtube ad hoc. Fui la primera. La melenita estilo taza me quedó divina. Y las raíces no me preocuparon porque todas las chicas de la tele estaban parecidas. Me siguieron “los muchachos” exhibiendo cada uno una prolija rapada. Y, finalmente, Diana, tijeras mediante, nos emocionó con un corte a la garzón digno de cualquiera de los peluqueros que por esos días berreaban en pos de su peluquería abierta.

Pruebas de zoom, canciones compartidas, recetas de cocina, manualidades improvisadas, clases de gimnasia.

 Después, el Jefe de Gobierno porteño se preocupa por nosotros. Decididamente no tiene idea de los recursos que poseemos algunos septuagenarios. Si sobrevivimos al Proceso, al Rodrigazo, al Menemato, al Corralito … ¿qué coronavirus nos va a derrotar?, digo.

 

Y, para finalizar: quedan los artistas…

Ya lo dijo Enrique Pinti : “pasan los gobiernos, los radicales, los peronistas, pasan veranos, pasan inviernos, quedan los artistas…”

En estos días de desconcierto, de inquietud, una de las cosas que más me consuela es asistir a esos pequeños conciertos en cuadraditos que nos ofrece internet. Todos nuestros artistas cantan generosamente una y otra vez. Y reaparecen canciones que ya son himnos para muchos de nosotros. También cantantes y músicos internacionales nos emocionan en ciudades lejanas y vacías. El espíritu humano se manifiesta en todos ellos. Aquí o allá.Y nos sostiene o nos eleva.

Por eso, no dudé un segundo cuando Liliana Montiel, profesora de coro en el Centro Salamanca, y en muchos otros de la colectividad española, me invitó a participar en un coro virtual.

¡Pobre mujer! Después de esta experiencia el Papa Francisco la va a postular para la canonización en vida. Pero debieran vernos a sus juveniles alumnos haciendo gorgoritos cibernéticos. Una maravilla. Así, desde el Zoom, una nueva aplicación que vino para quedarse, puedo sentirme igualita a Soledad o a Julia Zenko, que con buena voluntad, todo puede llegar a ser. Aunque reconozco que como cantante, escribo divinamente.

¡Hasta la próxima, amigos!

Cati Cobas

 

Los días se hacen largos. Cuando empezó el aislamiento tenía la esperanza de que con la llegada de la primavera todo retomaría su cauce. Pero no parece que será de ese modo. Los “adultos mayores” continuamos encerrados. Hay algunos valientes que se animan a pulular por el mundo y a recibir visitas. No es mi caso. Salgo lo imprescindible,  y procuro soportar estoicamente la situación.

Debo admitir que hay algo que me ayuda a soportar el cautiverio. Algún ángel me contactó con una mamá que quería ayuda escolar para sus hijos. Y mis tiempos del Normal volvieron.

339- Barcos de papel Caticrónica 2019


 El hombrón, de pie en la estación de subte, parecía gigante frente al chiquito que lo miraba asombrado con un papel de diario en la mano. A todas luces era el hijo de la mendiga que repetía su pedido de "unamoneditaporelamordeDios” en el rellano de la escalera.

Carita sucia, manos haciendo juego con ella. Pies mal calzados. Extendía la hoja de periódico al hombre encargado de controlar que los pasajeros no sortearan los molinetes sin pagar. No podía imaginar para qué iba a servir ese papel. El hombre comenzó a plegar y poco a poco fue apareciendo un barco de papel. Un hermoso barco que el chiquilín llevó entusiasmado a mostrar a su mamá.

Hubo un tiempo en que nos resultaba fácil andar por el mundo dando y recibiendo “barcos de papel” caricias gratuitas hechas de tiempo, de simples atenciones: cocinar algo rico y compartir un trozo con un vecino solitario, el cual devolvía el platito con alguna otra golosina, guiar a un transeúnte desorientado, decir una palabra amable porque sí, buscando una sonrisa, responder al saludo en un comercio, ceder un asiento sin cara avinagrada.

Hubo un tiempo que está siendo reemplazado por el apuro, los empujones y la cara hundida en el celular que enmascara nuestra imposibilidad de ponernos en el lugar del otro. Reemplazado por el “sálvese quien pueda” y no importa para nada el pró x imo.

Sin embargo alguna esperanza queda. Y la mía es subterránea.

El señor que carga las tarjetas en el subte, otro hombrón de magníficas dimensiones, y yo solemos saludarnos porque sí, y hacer algún pequeño comentario sobre algo cotidiano e intrascendente. Pero el otro día…el otro día plegó para mí el mejor barco de papel que recibí en mucho tiempo.

Era el Día de la Mujer. Y al pasar hacia los molinetes me llamó pidiéndome que me acercara hasta la ventanilla. Solo para entregarme un caramelo y decirme ¡Feliz día! Y lo fue, por supuesto. ¡De su propio bolsillo este buen hombre había decidido regalarnos una dulce felicitación a todas las pasajeras! ¡Enorme barco de papel para ahuyentar las penas de esta crisis y hacernos sentir miradas, personas! Resolví que la cadena se extendería y al llegar a mi destino entregué el caramelo a la muchacha que controla la estación. ¡Debieran haber visto su sonrisa después de el “Feliz día”!

Barcos de papel.

Humanidad.

Cati Cobas

338- De subtes y de músicos Caticrónica urbana


Una ya debería llamarse a sosiego. Pero vive en Argentina, bendita tierra de inmenso territorio, maravillosos paisajes, gente amigable y apegada a la familia y decisiones electorales de dolorosas consecuencias para el común de los mortales, entre otras, las que hacen que los ingresos no sean suficientes si una deja la faena rentada. Una vive en Buenos Aires y próxima a cumplir… ¡setenta años! todavía (y gracias al Todopoderoso) trabaja. ¡Y en el corazón de la ciudad!, hecho que muchos considerarían catastrófico pero que a una le alegra la vida, aunque los lectores no lo puedan creer.

La calle Florida, hervidero multicultural, la Avenida de Mayo, sus hermosos edificios, reflejo de una época de esplendor, las librerías y confiterías enmarcan el camino a la oficina, aunque también lo hacen, como creo que en otras megalópolis, la gente que mendiga o duerme en la calle, los “arbolitos”, que así se llama a los que ofrecen al transeúnte cambiar dólares en el mercado negro y una multitud de vendedores callejeros que componen la picaresca urbana exacerbada por la crisis.

Una se siente viva caminando junto a miles de milenials que, seguramente, deben pensar que una está yendo al médico o, a lo sumo, a algún banco a renovar un plazo fijo. Aunque, en realidad, duda que detengan ni un segundo la mirada en otra cosa que no sea la pantalla de su celu.

Se siente viva formando fila en el autoservicio chino, único lugar donde todavía se puede comprar algo para almorzar sin hipotecarse. Y más viva y joven todavía cuando nadie le cede el asiento en el subte. Realmente estos muchachos y chicas embelesados con sus móviles refuerzan su auto estima cuando pierde en el baile de la silla, en busca de un lugar donde sentarse. Total, son pocas estaciones, piensa. Y se dedica a observar rostros, actitudes, atavíos y gestos mínimos (o máximos).

Por ahí una tiene suerte. Y una hermosa chica tatuada de pies a cabeza, testa rapada por un costado y cadenas ad hoc por todas partes, levanta la mirada ¡y la ve! cediéndole el codiciado asiento con gracia y afecto. O una pareja de jovencitos se besa tan amorosamente, en mitad del vagón abarrotado, que a una le dan ganas de aplaudir.

Otras veces una misma fabrica su sino. Sobre todo con los chicos que viajan junto a sus absortos padres cibernéticos, clamando por la atención que no reciben. Una ensaya entonces alguna morisqueta o guiñada de ojo, que entretiene al párvulo abandonado y le permite a una ensayar sus deseos no consumados de ser abuela.

Pero el mayor valor agregado de esta realidad que  vive es, a no dudarlo, la música. La bendita música que rodea cada viaje en subte, ya sea en los vagones, en los andenes o en estratégicos puntos de cruce de recorridos.

Siempre hubo músicos en el metro. El charanguista, igualito a Jaime Torres, el rapero que insistía en contarnos que era preferible rapear a robar, el tanguero que imitaba a Julio Sosa. Pero ahora no se trata de un músico cada tanto. Las melodías nos han invadido. Violines a perpetuidad, flautas traversas, saxos impenitentes, guitarras ultra afinadas.

Estos músicos se dan el lujo de iniciar diálogos entre dos andenes y dejarnos el corazón primaveral junto a Vivaldi o llevarnos de la mano de algún sueño romántico abolerado. También se atreven a volverse gardelianos, si creen que así la cosecha será más prodigiosa. Y la gente reacciona bien, con respeto por lo menos. Muchas veces con aplausos generosos. Muchos pasajeros escuchan, quizás por primera vez, la maravilla de un violín bien tocado “en vivo y en directo”. Hasta se desconectan por un momento de las pantallitas captura-espíritus.

Una tendría que llevar consigo una billetera especialmente preparada para dejar su agradecimiento en cada sombrero, en cada funda. Y, si bien no puede hacerlo todos los días con todos los intérpretes con los que se topa, procura devolver en “parné” tanto deleite musical al paso.

Claro que una comienza a pensar que se está gestando una especie  de émulos del “informe para ciegos” de don Ernesto Sábato, una cofradía secreta que habita el submundo de Buenos Aires con las melodías como arma pero, a medida que observa a los intérpretes, llega a  descubrir a qué se debe la invasión sonora bajo tierra. Son jóvenes emigrantes venezolanos, muchos de ellos músicos, que están formando parte  no estable aún de algunas de nuestras orquestas sinfónicas pero que en este verano porteño deben sobrevivir a las vacaciones de las mismas. Y procuran el sustento a través de la magia del sonido y del conocimiento, ya que la mayoría posee gran capacidad en su arte.

Es evidente que muchos de los que viajan no hubieran disfrutado nunca música de la buena al lado de su oído si no fuera por estos intérpretes.

Apelando a un lugar más que común diré, amigos, que ya no me cabe duda de que todas las circunstancias, aún las más difíciles, como el estar lejos de la patria, pueden dejar algo bueno en los demás. Y agregaré que estar pasando momentos duros hace que los porteños nos volvamos más sensibles a placeres inesperados como el de la música subterránea.

Cati Cobas

337- El barro, en custodia Caticrónica mallorquina


“Con solo barro los formó,
en su creación perfecta
con sus dos manos modeló.
Le dio la forma correcta y así
fue que la creación llegó a su culminación…”

Cien kilos de barro Enrique Guzmán

Mis cuatro abuelos eran mallorquines. Sí. Los cuatro. Me honran mis raíces. Los cuatro trabajadores y los cuatro, buena gente.

Pero Marcial y su rústica ternura me acompañan todavía. Artesano de pies a cabeza. Sus manos generosas, que  sabían del cuero, del papel, del alambre y de la arcilla y su espíritu, hambriento de más “letras”, comprensivo y afectuoso, me marcaron a fuego y han hecho por mi amor a lo artesanal mucho más que ninguna escuela o ningún maestro. Lo “hecho a mano”, con sus dulces imperfecciones, trasmite para mí el recuerdo de este abuelo y me deja ver la humanidad de su creador, me permite imaginar a quien lo hizo.

¿Será que para Marcial, el haber nacido en Marratxí, la tierra del barro en la Roqueta, con sus cazuelas y  siurells* tan característicos hizo la diferencia?, me pregunto. Y sí, hay algo de creación primigenia en convertir la tierra en elementos útiles o decorativos de uso cotidiano. Pequeños émulos del Hacedor esos mallorquines, unidos por las manos a infinitos y originales “colegas” en el mundo.

Y digo “originales” porque las artesanías mallorquinas tiene su sello: casi roja como la tierra de la que surgen y con sutiles detalles en un amarillo que permiten distinguirlas de cualquier otras (¡y a mucha honra por modestas que sean!).

Por eso he recibido con alegría la decisión de mi amiga María Antonia. Ella, que va a partir por mucho tiempo a “la isla de la calma”, ha repartido en custodia sus posesiones entre sus amigos, y a mí, a mí me ha dejado sus más caros objetos de alfarería mallorquina. ¡Bendita sea!

No me dirán que no es original legar por unos años a una amiga objetos que van desde una aceitera de pico curvísimo, hasta un cacharro para guardar los ajos ventilados. Hermoso legado.

Anoche les di la bienvenida, al recibirlos de las manos benditas de un Mercurio o un Hermes mallorquín. Los acaricié con la misma ternura con la que pasaba la mano por la cabeza rapada del abuelo. Y los dispuse en el mejor y más importante sitio de mi sala, sintiendo en mi corazón el mensaje ancestral del barro y de las manos creadoras.

Cati Cobas

*Siurells (silbatos artesanales típicos)

336- La última mamá Caticrónica autoreferencial (2019)


Estudiar Arquitectura en los 70 del pasado siglo para las mujeres no era algo demasiado común por estos pagos. Implicaba viajes interminables a Ciudad Universitaria, largos días en la biblioteca (los libros eran carísimos), muchas noches sin dormir, acompañadas por la radio, y, sobre todo, reunirnos en nuestras casas para estudiar durante largos,
 larguísimos veranos.

Las estadías duraban varios días, y eso nos permitía convivir con diferentes familias, costumbres, papás, hermanos pero, sobre todo mamás. Las mamás fueron un pilar fundamental para todas nosotras. Ellas nos atendían, alimentaban, animaban y un etcétera tan largo que sería arduo detallar. Creo que intuían que en nosotras se estaba gestando el cambio de época y que la universidad era el mejor camino.

Las mujeres de esa generación, aun habiendo estudiado, estaban dedicadas “al hogar”, por lo que teníamos oportunidad de estar muchas horas con ellas y aprender de cada una.

Sí. Aprendimos tantas cosas… Las ganas de disfrutar de la mamá de Adriana, el savoir faire de la de Nani , con la mesa puesta siempre como en lo de Mirtha Legrand y largas charlas de sobremesa, la ternura pícara de la mamá de Silvia, su pulcritud, las telenovelas con un guiño cómplice y ese yogurt tan rico que me compraba especialmente desde el día en que le conté que en mi casa no se consumía. Mamá también tenía lo suyo. Cariñosa y cálida, nos preparaba su mejor arroz, hablaba de ese París que nunca llegó a pisar y no nos reprochaba las pegatinas que quedaban en el parquet luego de las entregas a pesar de que en esa época cuidaba a su mamá inválida. En vez de decir “de nada”, empleaba una fórmula antiquísima que “las chicas” todavía recuerdan: “¡Valiente,  …..!” era su forma de decir: “no tenés nada que agradecer, estoy contenta de recibirlas”.

He dejado para el final a la responsable del título de esta crónica personalísima. Porque ha sido la última en partir. Lo hizo este viernes, y cuando el sábado fui a despedirla sentí que con ella se nos iba el último destello de juventud (aunque todas nosotras estemos frisando los setenta).

¿Cómo contar de la mamá de Ana? Rubia, ágil y juvenil estaba dotada del menos común de los sentidos y lo ejercía a rajatabla. Inmigrante croata, mujer de fe, pero no mojigata, supo soportar dolores enormes y seguir adelante con dignidad, entereza y, yo agregaría que, a su modo, alegría. Dueña de un humor singular y un poco ácido a veces, nos brindó la certeza de que siempre se pueden sobrellevar los golpes más tremendos si se tiene la covicción de que no se nos dará más carga de la que podamos soportar. Nos permitió también disfrutar de sus deliciosas comidas traídas de tan lejos, de su sol hecho jugo de naranja y de las ruedas de su bici acompañándonos a tomar el colectivo como forma de protegernos.

La “chicas de la facu” estamos grandes. Varias son abuelas y todas (menos yo) ya conocen la palabra “suegra”. Pero saber que la mamá de Ana estaba en este mundo, aún con sus achaques, nos hacía sentir jóvenes, a qué negarlo. Y ahora que “la última mamá” nos dejó, hemos tenido que ubicarnos en el escalón tan temido (esperemos no saltarlo demasiado rápido).

Mientras la despedíamos, pasaron por nuestro corazón agradecido todos y cada uno de los momentos que ella nos supo regalar. Y en el abrazo a la amiga huérfana, a sus hijos, a sus nietas, tratamos de que se entendiera lo importante que había sido esa mujer para nosotras. Que no la olvidaremos.

Chicas: rescatemos el mensaje de todas nuestras mamás: no solo las palabras nos harán perdurar cuando nos toque partir. Serán los sabores, los perfumes y, los gestos, sobre todo, que cada una pueda dedicar a los nuestros y a los que los nuestros amen. Así tendremos vida más allá de la vida.

Cati Cobas

335- Piyamada casi septualescente (Caticrónica ) (abril 2019)




“Estaba la paloma blanca sentada en un verde limón…”

Nos veíamos de guardapolvo blanco mientras subíamos al avión rumbo al sueño del viaje de egresadas y a la piyamada que no tuvimos en su momento, porque eran otras épocas y “no se estilaba”, como diría mi mamá. En Córdoba nos esperaba la sexta para pasar juntas cuatro días.

Éramos cinco de once “blancas palomitas” egresadas de una escuela pública integradora y prestigiosa, palomitas reencontradas por la magia de Internet. Ex alumnas 1961 de la “Escuela N°17 D. E. 8° Turno Tarde”, como decían las carátulas de nuestros cuadernos forrados en papel araña.

“La escuela de Estrada”. Así se conocía en Parque Chacabuco nuestra escuela. Y digo bien: “nuestra escuela” porque así era. Con su vasito plegable para el agua en el recreo, su patio cubierto lleno de animales embalsamados, sus fiestas patrias en el patio abierto, con sabañones enguantados y maestras abrigadas de nutria sobre los guardapolvos blancos. Era nuestra, y la queríamos junto  al tomar distancia, y al cantar Salve Argentina al entrar y Mi bandera al salir. “Purumpumpum…libertad”. Nuestra, con su copa de leche, sus mapas “de tapitas” y los concursos de quién terminaba antes la regla de tres compuesta. Nuestra, con el pañuelo sobre las manos y el mostrar las uñas limpias y el guardapolvo más.

Sé que esa escuela ya no existe. Y debe estar bien que así sea. Pero no puedo dejar de ufanarme de quienes nos encontramos en Córdoba, así como de las “chicas” que no pudieron vivir la estudiantina proyectada pero nos acompañaron desde el corazón.

No puedo más que sentirme orgullosa de una escuela primaria que permitió que, cincuenta y siete años después, seis mujeres con distinto nivel educativo “a posteriori” de ella vivieran una comunión total de afectos y de cultura  de la que no se aprende en ninguna universidad.

“Antón Antón pirulero, cada cual atiende su juego…”

El primer reencuentro fue en 2010 mientras Buenos Aires estallaba con los ecos del Bicentenario. Hasta entonces cada una había estado atendiendo su juego. Y salvo dos de nosotras que son amigas desde la cuna, no había habido encuentros.

Pero el Facebook nos fue uniendo, y merced al whatsapp y a las ganas, el año pasado nos volvimos a reunir. Y fue glorioso. Mi compañera de banco fue la excusa para soñar con un viaje para verla, ya que la integrábamos siempre cibernéticamente pero no era lo mismo, y allí fuimos, rumbo a Carlos Paz, con la intención de vivir la primera piyamada de nuestras vidas.

“A la lata, al latero, a la hija del chocolatero…”

¿Pueden creer que en cuatro días de convivencia no hubo roces ni desacuerdos? Creo que habernos conocido en la edad de la inocencia hizo que al pasar los años no conserváramos rencores y pudiéramos reconocernos desde el amor y el recuerdo.

Descubrimos cosas que no sabíamos. Por ejemplo que en casi todas nuestras familias había alguien dedicado al calzado, que no al chocolate. Y nos sentimos orgullosas de ellos. Nos contamos secretos de los primeros ingenuos amores, de la vida que a cada una le tocó, de hijos, nietos ¡y biznietos!

Descubrimos, por fin, que todas veníamos de la inmigración y del trabajo duro. Y nos felicitamos por ello, sintiéndonos honradas de que así haya sido.

Y recordamos con gratitud a todas y cada una de las maestras que puso su granito de arena para nuestra formación.

“Aserrín aserrán los maderos de San Juan…”

No quedó rincón de Carlos Paz que no aserráramos, llenándolo de algarabía y entusiasmo. Desde el Catamarán, al Bar del Hielo, todo se disfrutó, en días que parecían más largos de lo normal. Las “chicas de Estrada” no se perdieron una. Saludamos al cucú, reímos al ser sacudidas por la Aerosilla, pedimos descuentos por viaje de egresadas…y los obtuvimos  y nos enfrascamos en el Burako mientras alguna se doraba al sol o nadaba en la pileta del hotel.

Advierto al lector: por si quedaran dudas, hay fotos y filmaciones que testifican lo que aquí escribo, ya que tuvimos una magnífica rubia combinación de guía y reportera gráfica.

Hasta la parte financiera estuvo cubierta. En manos de otra de las “chicas” experta en esas lides.

“Y el que no, una prenda tendrá…”

Por fin, una noche, una gloriosa noche que nuestros vecinos de cuarto seguramente no olvidarán, comenzó la piyamada. Hubo juegos, risas, imitaciones, baile y un díganlo con mímica de antología. Todo organizado por otro miembro de este grupo que deviene del área docente. ¡Deberían habernos visto! Fue ingenuamente glorioso. Nos despedimos esa noche con una sonrisa que duró más allá del desayuno.

“¡Que alcen las barreras para que pase la farolera…”

No hubo barreras. Solo puedo decir que ha sido una vivencia maravillosa. Para atesorar. Para tener en cuenta como un regalo extra en estos duros tiempos que corren. Para recordarlo siempre. Para ahuyentar los setenta que se nos están viniendo encima.

Porque supimos saborearlo todo sin hablar demasiado de achaques y dolorcitos. Porque nos bailamos y cantamos más, con la certeza de que nos aceptábamos auténticamente como somos hoy, a partir del sano recuerdo de quienes fuimos ayer y de los que nos precedieron.

¡Bendita Vida!

Cati Cobas