viernes, 14 de mayo de 2010

El Mandato

Prólogo de "El Camino de la Luna Llena" (en www.caticobas.blogspot.com), dedicado a Jorge, mi esposo, y a cada uno de los protagonistas de "El Camino" en Mallorca y en Madrid...

Hincar en tierra raíces de almendro mallorquín pero florecer como seibo pampeano o, mejor, tal vez, como jacarandá porteño*. Un mandato, un sentimiento que me ha acompañado a lo largo de la vida. ¿Cómo decir de otra forma ese ser de “aquí” pero también de “allá”? Sólo otros dueños de una historia hecha de barcos y renuncias pueden comprenderlo. Hay que haber escuchado cientos de veces las voces de las islas, de sus olivos y su piedra clara, de sus devociones y sabores mientras se viste guardapolvo blanco y la radio explota en tangos o en acordes de zambas melancólicas, para vivir ese inexplicable cabalgar eternamente entre dos orillas.
Reconozcámoslo: nadie saldrá indemne de balearidad en esta vida si desayuna en plena Ciudad de Buenos Aires, con pa amb oli* con tomate o merienda la sabrosa sobrasada hecha en casa “a la argentina”. Nadie podrá sentirse de una sola tierra si tuvo, desde siempre, dos idiomas, dos cancioneros y la eterna sensación de haber sido trasplantada.

¡Ay, abuela Bet! De tu herencia, legado, patrimonio rescato tantas cosas…A vos te debo el saber que las montañas de tu tierra son más altas que el Aconcagua mismo cuando te lo enrostraba, victoriosa, en mi manual de cuarto grado. A vos, el disfrutar de la harina y de la sal, de la perfumada levadura y de la esperanza de asomarme a una olla de barro para descubrir si la masa había crecido suficiente. ¡Cuántas veces frente al mar bravío de nuestra costa sureña pensé en vos y en aquel otro mar eternamente azul que habías dejado por seguir, valiente, hacia tu estrella! Pero… ¿Por qué escribo esto a pocos días de volver hacia atrás por tu camino? ¿Por qué me interno en sentimientos y vivencias de tiempos tan lejanos a los míos? Falta, te digo, tan poco para que ésta, tu nieta “argenquina”, regrese a tu terruño. ¿Qué sentiré al pisarlo? ¿Será, tal vez, como “volver a casa”?

¡Ay Marçal, el dulce abuelo! Si me parece que todavía puedo acariciar tu cabeza blanca de pelitos “así” de cortos, prolijitos. Es como si el repiquetear de tu martillo y clavos de hábil zapatero me hubiera sembrado de recuerdos. Vos, y tus rotograbados de La Prensa. Vos, y tus mitines en Parque Rivadavia, en Buenos Aires, a donde me llevabas a pasear muchos domingos en que los cuidados se invertían porque te enfrascabas en ditirambos políticos inacabables para olvidarte de mí, de mí que hoy te evoco a pocos días de conocer tu iglesia, sí, la de tu pueblo, a la que debés tu nombre venerado por todos los que nacieron de tu simiente bondadosa y tierna.

¡Ay, papá! Decime: ¿Podré, tal vez, conciliar el sueño en la casa que te recibió cuando de aquí partiste? ¿Me cobijaré en la cueva que te cubrió cuando cuidabas las ovejas en la tierra roja y orgullosa, tan distinta de ésta, pampeana, negra y fértil, tan fácil de preñar con la semilla justa? ¿Podré, por fin, contemplarte, pincel en mano, escribiendo tu nombre en rebeldías en la pared de piedra blanca del molino? ¿Te veré dejar Mallorca y regresar a la Argentina, a esta Argentina que vaya a saber por qué designio tuvo que ser no solo cielo sino también valiente proa?

Y a vos, mamá, que sonreís en silencio mientras armo el equipaje, que con la mirada decís: “desandá el camino por tus padres y abuelos y también hacelo por tus hijos”. Una parte de tu historia es isla de marès* y acequias. A vos, mujer, que dejás partir a ésta, tu hija, sin un reproche de soledad o de temores, a vos te digo que voy a volver con el consuelo impensado de un regreso que debió ser tuyo y de tu hombre. Tu hija cruzará el mar procurando sanar viejas heridas y de la mano del suyo cumplirá los mandatos familiares: habremos vuelto para cerrar el círculo que permaneció abierto durante casi un siglo. Podré, seguramente, decir: “Mamá: misión cumplida”. Las dos orillas ya tienen nuevo puente; las raíces atravesaron el fondo de las aguas y el lazo invisible ata, por fin, a todo aquello que había sido desatado.
……………………………..

Ha pasado ya un mes casi desde que comenzara a decir sobre el mandato. Es septiembre, primavera. Buenos Aires florece en azaleas. La ida y el regreso se cumplieron.
Todo ha cobrado su sentido. Ya no importa en qué lado del mar estamos recordando. Mi primer amanecer contemplando el call vermell* desde la azotea de la casa familiar me devolvió el extraño misterio que tiene la Roqueta. En esa porción del Universo, rodeada por las aguas azules, sentí que había valido la pena vivir todas las historias. La Fuerza podía tocarse sin ser vista. El cielo, en el amanecer profundo de la tierra campanera, me devolvió, en pájaros y aromas y en las voces de los míos, la voz de mi padre soñando otros destinos hechos de libros y aventuras. Supe, sin palabras, que allí donde estuviera, mi presencia en la casa que lo vio partir, sanaba sus silenciosas añoranzas. Y esa mañana junto al mar, entre las rocas de Sa Ràpita me permitió recuperarlo entre las de mi querida Mar del Plata y comprender, por fin, por qué este lugar en mi Argentina era para él como La Meca.
Pude palpar sus temores en las cuevas donde se protegía de la lluvia mientras pastaban sus ovejas o soñarlo, festejando a una muchacha, cerca de la cruz de la Plaza de los Tres Molinos. ¿Qué más te pediría, Vida?
La iglesia de Sant Marçal, en Marratxì, se erguía, ambarina, en la tarde de domingo. Estábamos solos el abuelo y yo. Pude verlo a la salida de Misa mientras escuchaba las amonestaciones de su Párroco y caminaba a Son Verì para calentar sus manos en el fuego del invierno junto a los demás missatges*.
Pude ver a la abuela Isabel tejiendo encaje en la puerta de su casa en esa calle de Ses Salines, mientras soñaba futuros rioplatenses plenos de vida pero, también, de añoranzas hechas espuma de ensaimada.
Y el encuentro con los tres, acompañado a la distancia por la bendición silenciosa de mi madre, cerró el círculo que nunca se cerraba. Lo cerró, digo, en esa luna redonda, brillante y plateada que nos siguió por toda la isla de Mallorca en cada noche de los días que pasamos junto a ella. En los campos rojos, en las aspas de los molinos y en los estanques llenos de la bendición del agua. En las calas silenciosas y en las montañas de la Tramuntana. En mis lágrimas, plenas de gratitud hacia la Vida, derramadas, una a una frente a Nuestra Señora de Lluc, en su santuario. En los acordes de Chopin, en Valldemosa y en cada estalactita de las cuevas de Manacor y Porto Cristo.
Y ahora, plantada en el Río de la Plata, más viva, más plena y más orgullosamente entera, como jamás estuve, propongo para mí contar a otros que las magias siempre existen y que la palabra puede convertir en realidad lo designado. Florecerán aquí, en azul, jacarandáes en noviembre y almendros, los más blancos, cuando comience allí el mes de enero. Y el azul y blanco de las flores me hará vivir en mi bandera las dos tierras que son mías: ésta, de río, obelisco, mate, tango, gauchos, chacarera y aquélla, en la que por un momento, un momento absolutamente único, pude vivir las vidas de quienes de allí partieron hechas mar, bolero, pagesia*, tierra muy roja, hojaldre y piedra de oro.
El mandato se ha cumplido. Los que jamás regresaron a la isla, lo hicieron con mi nombre y de mi mano. Descansen en paz y sepan que, acompañada por la luna llena de septiembre, yo, su hija, su nieta, dejé allí y para siempre, un trocito de cada uno de ellos cuajado de amor y de nostalgia.

Cati Cobas

3 comentarios:

RosaMaría dijo...

Hermosa misión la que has cumplido. Precioso y entrañable tu relato. Un abrazo

susana dijo...

Leí esta Crónica en su momento, sintiendo una gran emoción porque como muchos lectores palpitmos este viaje cruzando el charco minuto a minuto...
Hoy,vuelvo a releer y la emoción es más intensa.
Cati, te felicito,no solo por tú forma de llegar por medio de la palabra escrita......sino por haberte animado a cruzar el charco y cerrar el círculo.Se puede!
Un abrazo
Susana,

CATI COBAS dijo...

Gracias, Rosa María y Susana. Estoy avanzando en la novela realista Crónicas de las Dos Orillas y subir esta crónica de nuevo fue una manera de animarme. Ahora...se viene el Bicentenario. Un beso a las dos